No recuerdo haber faltado a ninguna de las Ferias del Libro en la capital cubana, adonde arriban miles de compatriotas para ser parte de su más importante fiesta cultural.
Esta vez no fue la excepción, solo que asistí a su nueva sede, en un caserón de Línea y 18, en lugar de la fortaleza de La Cabaña, su histórica sede, y en un instante realmente muy duro para la economía nacional.
No faltaron voces críticas que deploraron la realización de la 34 Feria, pues, según sus argumentos, el país no debía emplear una parte de sus escasos recursos financieros en un acontecimiento que implicaba notables gastos.
Yo, por el contrario, sostengo el mismo criterio que el del escritor bautense Osvaldo de la Caridad Padrón en cuanto a que esta oportunidad de venta y presentación de libros en La Habana y en toda la nación, a veces es la única oportunidad con que cuenta un escriba para vender y promocionar una obra en la cual muchas veces invirtió no poca cantidad de años y esfuerzos.
A la Feria se fueron los escritores artemiseños, hijos de la editorial Unicornio, a presentar títulos como Karma, de Reinier del Pino; El don de la caricia, de Osvaldo de la Caridad; Sin los temblores de otra piel, con autoría de Esperanza Yglesias; La p(h) de la imagen, creación de Mireisy García, Nadie puede matar a un muerto, de Pedro Fonte; El último de los heraldos, de Dimarys Aguila y Criaturas del corazón, de quien redacta estas líneas.

A ellos se sumaron la presentación de otros dos títulos, ambos con destino al público lector infantil: Paulito y el mundo de papel, creación de Sucet Vázquez y Sobresaltos en Alegrón, pieza de Soledad Cruz.
De muchas maneras todos son opciones valiosas, nacidas de la paciencia y el acertado poder de selección de quienes comandan la editora provincial y andan siempre a la caza de entregar las mejores propuestas a los lectores de la provincia y de mas allá.
Si en otras provincias suelen limitarse las publicaciones de libros a autores del territorio, lo cual dice mucho de su escasa visión literaria, en Unicornio han entendido, de manera muy diáfana, que las opciones de la literatura no pueden limitarse a lo escrito en un fragmento geográfico de 11 municipios, sino que comprende el mundo entero.
Fue breve, pero intensa la jornada literaria de los artemiseños en L y 18, fue hermosa cada presentación y,en cada caso, se reveló el poder que sigue teniendo el libro, sobre todo desde que Fidel convirtiera el acceso a los libros y la lectura en un derecho de todo el pueblo cubano.
Nos vimos en La Habana, A partir del 21 nos veremos, escribas y lectores, en nuestra querida Feria en Artemisa.

