Nadie podía imaginar en Caimito que aquella morena robusta, de conversar animado y sonrisa estruendosa, recién llegada de Guantánamo, era en verdad una cantante con todas las dotes del mundo para incursionar, con igual suerte, lo mismo en los predios de un apasionado bolero que en los de una guaracha, un tango o un son.
Olympia de los Reyes García no es una artista profesional; pero pudo haberlo sido perfectamente. Juro que su voz es más potente, colorida y afinada que las de algunos que con más títulos y oropeles andan pavoneándose por ahí, como si fueran dueños de la escena mundial.
Es una de esas raras especies que ha sobrevivido al paso implacable del tiempo y evoca un pasado glorioso, cuando el Movimiento de Artistas Aficionados en Cuba era una verdad indiscutible y uno disfrutaba en cualquier teatro o cine de artistas que emocionaban y brillaban tanto como cualquier profesional… y a veces incluso más.
Olympia es maestra jubilada, es una mujer que vive orgullosa de haber formado en las aulas a varias generaciones de cubanos; pero la escena y el público, por muy humildes que sean, le desbocan el talento y la pasión, como si en el cantar se le fueran el corazón y al alma a un mismo tiempo.
Y lo que es mejor: a cambio de nada se puede contar siempre con ella. Puede quejarse de este o aquel malestar del cuerpo; pero “a la hora que la llamen, va”, como asegura su coterráneo, el voluntarioso Cándido Fabré. Lo mismo para cantar en la casa de cultura Raquel Revuelta que en un taller literario, una escogida de tabaco, una biblioteca, un encuentro de escritores, un círculo de abuelos…
Cuando Olympia de los Reyes irrumpe en escena, cualquier dolor o malestar que cargaba consigo parecen escabullirse por obra y gracia de algún milagro divino.
Para la cultura en Caimito, esta mujer ha sido una adquisición de oro. No tengo para este caso una mejor definición. A sus 75 años sus problemas de salud son absolutamente reales.
Pero cuando toma el micrófono y se entona con un son de Matamoros o una guaracha de Ñico Saquito, es capaz de regalar joyas tan memorables como esta: “¡Ay, si me ven bailando así, me quitan el carné de impedida!”.


