La alegría me invadió de pies a cabeza cuando supe que varios artemiseños, muy admirados a lo largo de mi vida, recibieron, en asambleas solemnes del Poder Popular, la condición de Hijos Ilustres de sus municipios.
Por ser algunos de ellos parte imprescindible del mundo de la cultura, tuve la suerte de conocer en profundidad su magnífica trayectoria y servicios, a favor del arte y de su país, tuve conciencia clara de su ancha vocación humanista, lo mismo en tiempos más generosos que en tiempos tan duros como los actuales.
Alegría e impulso de escribirla sentí al saber que el gran tenor ariguanabense Rodolfo Chacón, maestro de generaciones, lo había recibido, al igual que Rolando Méndez, líder de la agrupación Yawar.
Pero también lo sentí por mi coterránea, la doctora Aleida Santana, una geriatra con la que todos los caimitenses, mayores o menores de edad, pueden contar a cualquier hora del día, la noche o el mes entero.
Son algunos nombres apenas. Conozco a otros más en ese grupo de Hijos Ilustres artemiseños y a todos los aplaudo con igual fervor, por el reconocimiento que acaban de recibir. Aplaudo también a los que no conozco personalmente, pero llevan en su anatomía una historia muy hermosa, imposible de no reconocerse con los honores más altos.
He mencionado a Chacón, Rolando, Aleida… y he pensado también en otros Hijos Ilustres de mi pueblo que aún no pueden colgar en las paredes de su vivienda tan memorable galardón.
Pienso en el doctor Felipe Soto, virtuoso del ultrasonido a más no poder, y siempre repleto de un amable sentido de la ayuda, para cualquiera que toque a la puerta de su hogar, y pienso en Ángel Silvestre, el pintor del que he escrito tantas veces sin cansarme, capaz de construir una obra personal muy enjundiosa y capaz de donar parte de ella para escuelas, bibliotecas, casas de cultura, policlínicos, hospitales, premios literarios, personas destacadas en su labor…y al que una vez un crítico de arte llamó loco por donar 10 piezas de su colección a los galardonados de un concurso, piezas que, según el asombrado crítico, valían al menos mil dólares cada una.
Para mí, y para muchos, si no son Hijos Ilustres por el momento, son Ilustres Hijos de Caimito y seguramente alguna vez serán premiados, aunque ya el mayor premio de todos, lo recibieron desde hace tiempo: el sincero reconocimiento de todo el pueblo.
Artemisa crece espiritualmente al reconocer a un grupo de sus mejores hijos. Pero son más. Muchos más sus mujeres y hombres valiosos. Y esta noticia, en verdad, sí que resulta especialmente buena y honrosa para ella…y para todos nosotros, por supuesto.



