«Mi cultura no es libresca, sino vital», aseguró el célebre novelista peruano Mario Vargas Llosa, después de haberse leído miles de libros, escribir varias novelas imprescindibles y ganar el Premio Nobel de Literatura.
El controvertido autor afirmaba haberse alimentado mejor de los jugos infinitos de la vida que de los clásicos de la Ciudad Letrada, a los cuales supo rendir brillante homenaje en todo tipo de formato posible.
Salvando las distancias y las notables diferencias políticas, sucede otro tanto con el investigador y narrador Enrique Garcés Montero: el zumo esencial que nutre su escritura, sin rebuscamientos vanos, proviene de personajes completamente reales, de filósofos populares con larga y a la vez sencilla vista, con tanta certeza en el pensar como en el decir, con tantos méritos como cualquier filósofo de potente erudición, aunque este criterio absolutamente personal parezca un tanto exagerado.
Sí. Hay sabiduría profunda y exquisita en los hombres y mujeres que en más de una ocasión pasan inadvertidos ante los ojos del mundo, ante ojos de la petulante fama, el glamour, los grandes titulares de la prensa escrita, la televisión, internet…
Hay sabiduría digna de ser escuchada atentamente y, con la misma atención, merece ser puesta en práctica, pues, escasamente, suele equivocarse cuando se lanza a definir el amor, el desamor, la familia, los amigos, el matrimonio, el barrio, la amistad, el dolor…y hasta el modo de sembrar los alimentos.
Quien conoce a Enrique Garcés Montero, sabe de sus dones incalculables para encantar a cualquier clase de auditorio. No habla con poses ni con rigidez de coronel de academia. Sigue siendo, a estas alturas de su vida, el mismo guajiro cordial, sonriente y pasado de amable que llegó desde el oriente de Cuba a instalarse en Guanajay y un día se tomó el derecho y la frescura de sentirse escritor.
Un escritor que lo mismo se abre a una investigacion histórica que a los revueltos de un patio familiar, espacio mágico, donde, entre tragos de recio aguardiente y sabroso aroma de un buen asado de lechón, descubre de pronto que quienes le acompañan en la juerga, son el espíritu vivo del saber popular.
Enrique Garcés no se anda con recias verborreas, ni con intentos de hacer filosofía doctoral (aunque este hombre es Doctor en Ciencias, mire usted), sino que, en su logrado afán de ser auténtico, directo, transparente y coloquial, toma al lector por los hombros y ya no lo suelta hasta la lectura de la página final.
Así somos en familia es también un libro de mi familia, de la familia del otro, de la familia de aquella o aquel…Es también un llamado generoso a que nunca se pierda de vista la importancia decisiva de la “célula fundamental de la sociedad», ese grito amable de la sangre donde coincide el ADN de abuelos, padres, hijos, nietos…y hasta, curiosamente, el de amigos y vecinos.
Así somos en familia es como una mesa servida para todo el quiera entrar a disfrutarle el magnífico sabor que tiene la vida, cuando se comparte con seres de pueblo, con gente auténtica de verdad.



