A mediados de septiembre de 1896, partió Antonio Maceo desde la zona de la Sierra del Rosario, hasta los confines más occidentales de Pinar del Río, con la misión de recibir la expedición que llegó a las costas cubanas días antes, bajo la dirección del general y patriota puertorriqueño Juan Rius Rivera, con armas, municiones y combatientes.
La travesía de ida y regreso del Titán de Bronce, tomando como punto de referencia la península de Guanacahabibes, para encontrarse con los expedicionarios del vapor Tres Amigos, es considerada como una de las campañas más peligrosas y audaces, de cuantas se realizaron durante la Guerra del 95.
En aquellas jornadas, la bravura del mambisado se alzó hasta la condición más alta del heroísmo y brilló con intensidad la capacidad de resistencia y el espíritu de combate de las huestes de Maceo, dirigidas por oficiales experimentados, muchos de los cuales hicieron con él todo el trayecto de la Campaña invasora, entre octubre de 1895 y enero de 1896.
Fue en aquella genial cruzada por la angosta geografía vueltabajera, donde alcanzó cuotas insuperables de liderazgo el Titán de Bronce, haciéndose seguir por sus tropas en inhóspitos terrenos, ante fuerzas enemigas varias veces superiores en hombres y poder de fuego; factores de los cuales alardeaba sin límites el sanguinario capitan general Valeriano Weyler y Nicolau, que, dicho sea de paso, puso todo de sí, con tal de no entablar combate directo con el Héroe de Baraguá.
A su regreso desde el límite extremo de occidente, tras el encuentro con los expedicionarios, Maceo dirigió varios combates de importancia, destacándose por su envergadura y las bajas de ambas partes: Montezuelo, Tumbas de Estorino, La Manaja, Ceja del Negro y Galalón, esta última, más cerca ya de entrar al punto de donde partieron sus tropas.
Por varias razones el viaje de ida y regreso entre Sierra del Rosario y Guanacahabibes, tiene gran significación histórica y se le considera un hecho de armas, inscrito en la historia militar de Cuba con letras de oro. Entre los expedicionarios venía Panchito Gómez Toro, el hijo del Generalísimo Máximo Gómez, que tanto reclamó venir a pelear por Cuba libre, porque «El mérito no se hereda, hay que ganarlo». Y lo ganó. A la hora final y con grados de capitán, supo morir al lado de su jefe sin abandonar su cadáver.
Fue aquella marcha una convincente demostración de Maceo, acerca de cómo debían aprovecharse las condiciones físico geográficas de un territorio, radicalmente diferente a las del resto del país. El cargamento de armas y municiones traído por la expedición de Rius Rivera, marcó un momento importante en el apoyo logístico al mambisado que peleaba en el Vueltabajo profundo.
Además, al frente de esa expedición del Tres Amigos, no vino un combatiente más de las filas insurrectas. Singular era el mérito y el prestigio acumulado por Rius Rivera en su extensa hoja de servicios y muchas sus muestras de valentía personal, lealtad y dotes de mando. Un solo hecho basta para inmortalizarlo: acompañó a Maceo en la Protesta de Baraguá.
Su valía como combatiente hizo que, tras la caída en combate de Maceo, el 7 de Diciembre de 1896, fuera designado para ocupar el cargo de Jefe del Sexto Cuerpo del Ejército Libertador. ¿Cuánto de bueno y grande debía reunir un oficial, extranjero, además, para ocupar el cargo de alguien considerado insustituible?
A todo lo anterior se suma que el éxito de aquella expedición ratificó de manera contundente que España tenía perdida su guerra en Cuba. Con justicia, esa epopeya se considera una segunda campaña invasora y no por gusto, historiadores pinareños de probado calibre, la califican como La marcha audaz, título que dieron a su libro, publicado por la Editorial Hermanos Loinaz.
Fue la región histórica de Vueltabajo que hermana a Pinar del Río y a una parte de Artemisa, por encima de la división político administrativa que nos separa, el escenario de la exitosa marcha audaz, protagonizada por el genio militar del Titán de Bronce. Conmemorarla con dignidad es un deber.



