En días como estos, uno se detiene a pensar en qué lugar queda Fidel en la memoria cotidiana de esta provincia. No en los actos multitudinarios ni en las consignas, sino en la gente que madruga para iniciar su jornada, en el camionero que recorre la carretera hacia Mariel, o en la maestra que llega a la escuela con su vocación intacta.
Porque Fidel, como las grandes figuras de la historia, se convirtió en muchas cosas a la vez. Fue el líder carismático, el orador de horas interminables, el militar que irrumpió en la historia con un fusil al hombro. Fue el hombre que marcó el rumbo de varias generaciones, el que puso a Cuba en el centro del tablero mundial y el que supo interpretar los anhelos de su pueblo.
Hoy, veo un pueblo que lo recuerda. En el campo, los campesinos evocan las primeras reformas agrarias como el momento en que la tierra dejó de ser privilegio de unos pocos. En la ciudad, los jóvenes conocen su historia a través de los libros y los relatos de sus abuelos.
Hay un Fidel que aparece cuando un médico rural atiende a un paciente en la montaña, recordando que la salud fue una bandera de aquellos primeros años y hoy sigue siendo un derecho de todos. Hay otro Fidel que asoma en la memoria cuando un jubilado repasa los logros de su vida y menciona las oportunidades que la Revolución le brindó. Y hay, también, un Fidel que muchos recuerdan por su capacidad de estar cerca del pueblo.
Quizás lo más acertado sea reconocer que Fidel no cabe en una sola visión. Fue un hombre de acción y pensamiento, de gestos humanitarios y decisiones trascendentales. Un hombre que supo ser padre, amigo y guía, y esa dimensión fue justo lo que lo hizo humano.
En Artemisa, su presencia se siente en cada obra construida: las escuelas, los policlínicos, las carreteras. Todo eso lleva su impronta y su visión de futuro. Es el legado tangible de un hombre que pensó en las próximas generaciones.
El Fidel que vive en mí, y quizás en varias personas, es el que me recuerda que la historia se escribe con acciones, el que me invita a mirar con serenidad, a mantener la confianza en el trabajo diario y a reconocer que los grandes ideales perduran.
Fidel, más allá de cualquier interpretación, logró algo indiscutible: dejar una huella en su pueblo. Y en un mundo que a menudo olvida, esa permanencia en la memoria es un legado que habla por sí mismo.



