«Oye, Valdés, no me acabas de responder el cuestionario», le digo a mi amigo Jorge Valdespino y se rasca la cabeza antes de prometerme que algún día me responderá el dichoso cuestionario.
El cuestionario lleva unas seis o siete preguntas. Ya ni me acuerdo. Tal vez Valdespino tampoco. Es lo de menos. Como lo más seguro es que no me responda nada, pues entonces hablo por él.
En lo profundo del tiempo se halla el día en que conocí a Jorge Valdespino. Era, entonces, y sigue siendo, entrenador de voleibol en Caimito, había formado a decenas de niños en Cuba y Venezuela y guardaba en la vitrina de su corazón un sinfín de reconocimientos, diplomas que nunca podrían aquilatar el tamaño del diamante que es su alma.
Pero Jorge Valdespino no es sólo un afanado y prestigioso entrenador, no es sólo un generoso amigo que puede tirarte un salve monetario cuando menos lo esperas y cuando no tiene mucho para dar.
Es también el bastión de decenas de ancianos en el Círculo de Abuelos Amor, en donde hace creíble, a golpe de música de Los Beatles, Los Fórmula 5, Rita Pavone, y de cuánta criatura dio el pentagrama de la Década Prodigiosa, que el ejercicio físico es salud y la vida puede ser bella siempre que la asumas con valor y dignidad aunque muchos años cuente tu piel.
Y es también el obrero que, mochila al hombro, va de casa en casa, de escuela en escuela, por calles, aceras, puentes…, Pintando y mejorando la estampa de su pueblo, a veces por una retribución monetaria que no lo sostiene demasiado, pero a veces – más bien muchas veces-a cambio de nada, la imbatible prueba de que, pese a todo, no todo puede medirse en cifras de dinero.
«Todo necio confunde valor y precio», escribió ese gigante de la lengua española nombrado Antonio Machado, el mismo que en su poema Retrato asegurara que partiría de este mundo ligero de equipaje, casi desnudo como los hijos de la mar.
Algo semejante sucede con Jorge Valdespino. Anda alto su valor de hombre sin precio, no los confunde, llega y se va sonriente, con su guajira amorosa colgada del brazo, pelota de voleibol en mano o mochila de pintura a la espalda, solo con lo imprescindible para hacer el bien a sus coterraneos.
Hubiera querido que me respondiera ese cuestionario, pero no lo hizo. Sabe Dios donde quedó entre tantos enredos de la vida cubana. Aunque, a fin de cuentas, qué importa ese cuestionario, Valdés, si tú has sabido responderle a la vida y a los tuyos de la manera más hermosa posible.



