Nunca me acostumbré a la idea de que el bautense Erdwin Vichot Blanco, el bien llamado Jimmy Hendrix del laúd, no contara en su currículo con la Distinción por la Cultura Cubana.
Un buen día, por suerte, ocurrió el milagro. La Distinción colgó de su pecho. Y ahora otra gran alegría ha venido a colmar a este hijo de Corralillo: acaba de recibir el Premio Iberoamericano Indio Naborí de Décima y Verso Improvisado.
Palabras mayores significa este reconocimiento que alumbra a un músico de potencia ilimitada, capaz de brillar igualmente lo mismo en la interpretación de una tonada campesina que en la más exigente composición del ámbito sinfónico.
Persistente, batallador, con una activa participación en más de 50 discos de los más variados géneros, intérprete en espacios culturales sublimes o modestos, enemigo jurado del mal gusto y de los charlatanes y las chapucerias en el pentagrama, fanático de su terruño, conferencista enjundioso, Vichot es y será no solo un grande de la cultura en Cuba, sino en dondequiera que la palabra MUSICA se escriba con letras mayúsculas.


