Hay fechas que se cuelan en la historia sin hacer ruido, y otras que irrumpen con el peso de una transformación anunciada. En Cuba, mayo tiñe las calles de colores. Desde hace diecinueve años, el quinto mes del calendario es también el mes de la diversidad. Lo fue en 2008, cuando el Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) convocó por primera vez a las Jornadas Cubanas contra la Homofobia y la Transfobia. Y lo es ahora, cuando esa misma cita —la decimonovena— encuentra a un país con un lenguaje jurídico radicalmente distinto al de aquel entonces.
Porque si algo ha demostrado casi dos décadas de activismo sostenido, es que la discriminación por orientación sexual o identidad de género no es —nunca fue— un asunto privado de la moral o la cultura. Es, ante todo, una fractura en el principio de igualdad. Y el derecho cubano ha ido cosiendo esa herida con normas que hace veinte años parecían imposibles.
El punto de inflexión llegó con la Constitución de 2019. No fue una reforma cosmética. El artículo 42 de la nueva Carta Magna incluyó por primera vez la orientación sexual y la identidad de género entre las causas protegidas frente a la discriminación. Suena técnico, pero léase así: la ley dejó de mirar para otro lado. El texto constitucional ordenó, con palabras precisas, que la dignidad humana —reconocida como valor supremo en el artículo 40— no admite exclusiones por quién se ama o cómo se vive el propio cuerpo.
Ese cambio no fue un accidente legislativo. Fue, en buena medida, el resultado de una presión sostenida que las Jornadas supieron articular. Lo que comenzó como campañas de sensibilización en barrios y escuelas se convirtió en un laboratorio de debate institucional. Activistas, académicos, juristas y ciudadanos comunes empezaron a compartir una misma pregunta: ¿cómo se traduce la igualdad abstracta en derechos concretos?
La respuesta llegó tres años después, con el Código de las Familias de 2022. Si la Constitución puso el principio, el Código lo encarnó. El matrimonio entre personas del mismo sexo dejó de ser una aspiración para convertirse en un contrato civil con todas las letras. La filiación, la responsabilidad parental, los arreglos de convivencia: todo fue reformulado desde la certeza de que las familias no son una sola, sino muchas. Y que todas merecen el mismo paraguas legal.
Pero aquí la crónica no puede caer en el triunfalismo. Porque entre el derecho reconocido y el derecho ejercido hay una distancia que ninguna norma recorre sola. Los abogados lo saben: una cláusula constitucional no cambia automáticamente la vida de una persona trans en su centro de trabajo. La Constitución de 2019, en su artículo 64, garantiza el trabajo como derecho fundamental. Y el ordenamiento cubano ha ido tejiendo mecanismos para proteger la igualdad laboral. Sin embargo, las experiencias cotidianas cuentan todavía historias de discriminación, de procedimientos administrativos que no terminan de ajustarse, de documentación que no refleja la identidad sentida.
El ámbito laboral es, quizás, la prueba más exigente del sistema. Ahí, en el día a día de una oficina, un taller o una escuela, se mide si la igualdad sobre el papel resiste el roce de la realidad. Por eso los
especialistas insisten en que falta aún consolidar mecanismos institucionales: capacitación a directivos, rutas claras de denuncia, actualización de registros y políticas de seguridad social que reconozcan plenamente la identidad de género.
Diecinueve años de Jornadas no son solo un aniversario. Son un indicador de permanencia. Lo valioso de esta campaña no ha sido únicamente su capacidad de incidir en leyes, sino su vocación por sostener el debate en el tiempo. Lograron que la diversidad sexual dejara los márgenes y se sentara en la mesa central de las discusiones sobre ciudadanía. Y eso, en términos jurídicos, es mucho más que un eslogan: es haber cambiado el punto de partida.
Ahora, el desafío está en la consolidación. Las normas avanzan a una velocidad; las culturas institucionales, a otra. El derecho cubano frente a la homofobia y la transfobia ha dado pasos enormes en menos de veinte años. Pero la plena efectividad de esos derechos no se agota en el reconocimiento formal. Requiere prácticas judiciales, decisiones administrativas y, sobre todo, una ciudadanía que sepa que puede exigir lo que la ley ya le ha prometido.
Mayo volverá el próximo año. Las Jornadas cumplirán veinte. Y habrá que mirar entonces cuánto de lo conquistado se ha vuelto costumbre, y cuánto sigue siendo lucha. Por ahora, el balance permite afirmar que el lenguaje jurídico cubano sobre la diversidad no es el mismo de 2008. Y cuando el lenguaje del derecho cambia, también lo hace el horizonte de lo posible. Ese cambio es ya un avance. Procuremos que no sea el último.


