En una parada de La Habana, tras abordar trabajosamente el ómnibus P-12, este empieza a rodar por la Vía Monumental abarrotado de cuerpos que se balancean en cada frenazo. En la puerta trasera, una mujer de avanzado embarazo se sostiene de una barra oxidada, con el vientre casi rozando las mochilas de dos jóvenes que conversan sobre una serie extranjera.
A su lado, un hombre con bastón intenta mantener el equilibrio mientras el vehículo toma una curva. Los asientos reservados —señalados con color amarillo gastado— están ocupados por personas jóvenes, de piernas firmes y mirada fija en el teléfono celular. Nadie se levanta. Nadie mira. Nadie cede.
Antes era vergonzoso no dar el asiento a una embarazada o a un anciano. Ahora te miran “feo” si les pides que se paren, comenta una maestra que viaja de pie a mi lado, desde El Diezmero hasta la Habana Vieja. Pero el problema no acaba en el transporte. A poco rodar por Centro Habana, se observan a través del cristal de las ventanillas, aceras convertidas en vertederos improvisados, hay bolsas de caramelos, colillas de tabaco, servilletas grasientas y latas de cerveza. Los contenedores semidestruidos quedan a pocos metros. ¿El gesto de arrojar los desechos dentro? Una rareza.
—¡Tira la basura por ahí en la esquina!, ordena un padre a su hijo y éste obedece.
—¡Qué ejemplo, caballero!, expresa disgustada la profesora mirando la escena.
Un médico que se sostiene del pasamano de la puerta del bus, afirma que el deterioro también se siente en las palabras nunca dichas. En aulas universitarias, pasillos de hospitales y oficinas estatales, la conversación va directamente al tema práctico sin el preámbulo del saludo. “¿Tiene el informe?”, “¿Qué dijo el jefe?”, “Dame la cuchara”. El “Buenos días, ¿cómo está usted?” se ha vuelto un lujo.
—Hasta en la mesa se han perdido los valores. Familias enteras se sientan a comer y no se desean buen provecho.
Al “gracias” después de pasar el pan o el café se responde con silencio, como si el “de nada” o el “no hay de qué” fueran un esfuerzo innecesario. ¿Tanto cuesta mostrar un poco de educación?, dice al hombre de bata blanca una mujer desde su asiento.
La guagua propicia el pensamiento coral. Hay una síntesis de la sociedad cubana, metida apretujadamente en ella, con olores y sudores de todo tipo, y a cada quien visto de oficios y profesiones, dándome un particular permiso mientras oigo su suerte de catarsis colectiva.
“Sociólogos coinciden en que este fenómeno no es exclusivo de Cuba, la erosión de los valores no es un capricho moral, sino un síntoma. Cuando el Estado no puede garantizar lo básico, lo colectivo se desprecia y el otro se convierte en un competidor por el asiento, por el pan, hasta por un hueco en el ómnibus”, comenta un hombre con aires de académico.
—“La explicación no excusa, compañero, los que aún tienen educación podrán ser vistos como bichos raros: la señora que limpia la acera frente a su casa, el hombre que cede el puesto en la cola en la bodega, el niño que dice “con permiso” al pasar. ¿Son extraños? Puede que sí, pero recuerdan que otra manera de ser es posible”, replica la mujer del asiento. De ahí en adelante recuerdo poco más.
Probablemente el hombre “académico” pensara que la mujer se enfadó con él por sacar a relucir en la conversación tan doctos argumentos. En cambio, yo creo que decidieron no seguir hablando por falta de esperanza; de que, como diríamos en buen cubano, la cosa no iba a cambiar.
Luego de muchos empujones y alguna que otra palabrota, el P-12 llega finalmente a su destino. La mujer embarazada baja con esfuerzo, sostenida por una mano solidaria. El hombre del bastón espera a que el vehículo se vacíe un poco.
Dentro, dos asientos amarillos quedan libres. Dos jóvenes, ahora menos apurados, suben y se sientan sin mirar atrás.
Se repite la historia. Nadie dice “gracias”. Nadie dice “con permiso”. El ruido del motor ahoga cualquier intento de saludo. Y La Habana sigue rodando, con sus valores morales haciendo equilibrio en el estribo.


