Hay oficios que se visten de traje y corbata, y otros que se manchan las manos de barro. El periodismo pertenece a esta segunda estirpe.
Este 8 de septiembre no celebramos una fecha más en el calendario. La jornada, instituida en honor al periodista checoslovaco Julius Fucík, asesinado por los nazis en 1943, no es un brindis por la prensa libre, sino un recordatorio de su fragilidad.
En un mundo saturado de ruido digital, donde un post en una red social puede valer más que una investigación de meses, el periodista se ha convertido en el último vigilante de la verdad. No aquella verdad absoluta y dogmática, sino la que se construye con el sudor de la calle, el cruce de llamadas y el contraste de fuentes.
Es un oficio que duele en el alma, porque cada día se enfrenta al cinismo de los poderosos y a la indiferencia de una audiencia que prefiere el entretenimiento al análisis.
El periodista contemporáneo es un malabarista. Debe equilibrar la inmediatez con la profundidad, la técnica con la ética, el clic del lector con el peso de la responsabilidad.
No basta con escribir bien o al menos intentarlo; hay que grabar, fotografiar, narrar en vivo y, además, sobrevivir al algoritmo. Pero en ese torbellino, no debemos olvidar la brújula: el servicio público.
Sin embargo, esta es una profesión herida. El asedio llega desde cualquier sitio. Incluso en México y Palestina, solo por mencionar algunos, donde la libreta y el micrófono se convierten en un pasaporte al martirio. Este día es, por tanto, un homenaje también a los caídos.
Hoy, más que nunca, necesitamos periodistas valientes, no por temeridad, sino por convicción. Necesitamos a aquellos que sepan preguntar cuando todos callan, y callar cuando deben proteger una fuente.
Al escribir estas líneas, siento el peso de una tradición que me precede: la de García Márquez, la de Ryszard Kapuscinski, la de todas las mujeres y hombres que convirtieron la verdad en una épica cotidiana.
No escribimos para la posteridad, lo hacemos para la urgencia del presente. Nuestro papel se mancha de tinta o se ilumina en una pantalla, pero el propósito es el mismo: ser portavoces del sentimiento y pensamiento de quienes nos leen, nos siguen, y le dan sentido a esta profesión.
Así que, en este Día Internacional del Periodista, no pedimos reconocimientos. Pedimos que se nos permita trabajar sin ser los enemigos, que los ciudadanos nos exijan rigor, pero también nos defiendan cuando el rigor nos ponga en la mira. Porque un periodista sin respaldo es un náufrago, pero un periodista con un pueblo detrás es un ejército invencible.
Al final del día, la noticia puede desvanecerse, pero el compromiso permanece. Seguiremos en nuestra trinchera, escribiendo la historia de quienes aún son desconocidos y poco escuchados.


