Cuando percibo que la emoción le colorea la voz, y aun así a sus palabras no se le escapa detalle alguno, compruebo que es la elección adecuada para hablar sobre un grande como Fidel. Una efervescencia inagotable, unida a otras dos virtudes como la sencillez y la capacidad (nunca contrapuestas en ella), refuerzan esa certeza.
Hoy, Idalmelis del Castillo Puentes es la directora general del Centro de Inmunoensayo; hace 25 años, estaba al frente de la planta de producción de elementos de poliespuma, en Artemisa, cuando llegó hasta allí el Comandante en Jefe.
Cuenta que, en el año 2001, el huracán Michelle pasó por Cuba como una fiera, y dejó a su paso una gran destrucción, especialmente en Matanzas. “En nuestra fábrica de fibrocemento, la Mario López Hechevarría, se trabajaba duro con tal de aportar en el menor tiempo posible la mayor cantidad de tejas para la recuperación de las viviendas de los damnificados.
“Esa madrugada nos avisaron que habría una visita importante, y varios compañeros fuimos para allá, a preparar las condiciones desde temprano. Ya amaneciendo supimos que sería Fidel. La noticia corrió como pólvora.
“Recuerdo la mañana del encuentro como si fuera ayer. El ambiente en la planta era una extraña mezcla de nerviosismo y orgullo: no era una visita de cortesía; era la constatación de que nuestro trabajo, ese esfuerzo titánico de producir día y noche, era vital para el país.
“Cuando finalmente entró, vestido con su característico uniforme verde olivo, su presencia fue avasalladora. No era un político más, sino la historia misma caminando entre nosotros.
“Mientras sus asesores y los directivos de la fábrica le explicaban las cifras de producción, él no se limitaba a escuchar. Se detenía y observaba cada detalle con una intensidad que inquietaba y fascinaba a la vez.
“No solo preguntaba por la producción; preguntaba por nosotros, los obreros. Con esa voz grave y pausada, indagaba sobre los turnos de trabajo, la alimentación, las condiciones de la planta.
“Para él, cada teja que salía de esa línea de producción no era apenas un material de construcción, sino un pedazo de esperanza, una solución tangible para los damnificados. Era la demostración de que, con trabajo y organización, se podía vencer cualquier desastre.
“Tampoco andaba con rodeos; iba directo al problema, buscando la solución más eficiente.
“Cuando supo que hacía unos días se había inaugurado una planta de producción de elementos de poliespuma, no vaciló un minuto en cambiar el recorrido previsto. La recorrió de extremo a extremo. Preguntó cada detalle de cada equipo, cada producto. Al terminar, quiso tomarse una foto con todos los trabajadores de la planta; prometió enviarle una foto a cada uno, y así lo cumplió.
“Ese día no solo vi al presidente; vi a un hombre cuya personalidad y determinación te hacían sentir que, a su lado, cualquier batalla se podía ganar.
“Fue un momento que me marcó para siempre. Me enseñó que el verdadero liderazgo no está en los discursos, sino en la acción, en la cercanía con el pueblo y en la convicción de que, incluso en medio de la adversidad, siempre hay que mirar hacia adelante”.
Y de veras la inspiró. Ahora aquella joven ingeniera química lidera a los científicos del Centro de Inmunoensayo, en la investigación para fortalecer el diagnóstico neonatal de diferentes enfermedades, en una de esas peleas por la vida que siempre libró Fidel.
Romántico como Jean Valjean, aventurero como el Che, alguien que disfruta cuando hace un bien (como quería Martí), y aprendiz de periodista hasta el fin de mis días


