De manera un tanto cruel se les advierte a los escritores (sobre todos si son jóvenes), que no envíen a concursos literarios los poemas que hayan dedicado a sus padres.
¿El motivo? Lo que escribes para tus padres solo le interesa al autor de lo escrito y a sus progenitores, pero a nadie más, tampoco al jurado que evalúa las obras y reparte los premios.
Y sí, sucede: en mi ya larga experiencia como jurado de infinitos premios y concursos me encuentro con este tipo de creaciones que, a fuerza de ser sincero, casi nunca rebasan en importancia literaria las cuatro paredes de la casa familiar.
Pero también ocurre que, a lo largo de mi vida como lector, he disfrutado de obras poéticas inmensas, dedicadas por un escriba a sus padres y, en especial, a quien fue la autora de sus días.
Al «sentarme a caminar», como solía hacerlo el memorable César Vallejo, recuerdo a este clásico peruano advirtiéndole a su hermano Miguel, ya muerto, que no tardara en volver «porque podría inquietarse mamá».
Qué decir de la congoja estremecedora con que Julián del Casal, en su poema A mi madre, canta a su llorosa orfandad: “No fuiste una mujer sino una santa,/ que murió de dar vida a un desdichado,/ pues salí de tu seno delicado/ como sale una espina de una planta…”
Muchos años después, el catalán Joan Manuel Serrat, en su canción Soneto a mamá, recordaría cuántas pequeñas, dulces y sabias cosas, lo ataban al recuerdo de su madre, pero la vida, como suele ser muchas veces, había terminado por empujarlo, definitivamente, muy lejos de sus brazos, al punto que el propio Serrat reconoce: “No es que no vuelva porque te he olvidado, es que perdí el camino de regreso, mamá.”
Y entre tantos versos maternales no pasan los de Miguel Hernández, capaz de llevar a la más alta cumbre lírica su Nanas de la cebolla, dedicado a su hijo y su esposa, tras conocer en la distancia que imponía la Guerra Civil Española que ella solo podía mal alimentarse a base de pan y cebollas y a ese milagro, de seguro, sabía la leche con que lograba subsistir el pequeñito hijo de ambos.
“Vuela, niño, en la doble luna del pecho./ El triste de cebollas; tu, satisfecho./No te derrumbes./No sepas lo que pasa ni lo que ocurre”.
Sí, un poema dedicado a un hijo que, de puro milagro, sigue vivo, pero igualmente, al ser humano que lo sostiene respirando en medio de la rabia de la España franquista.
Y cómo no volver atrás, a tiempos del joven y ya muy rebelde Martí, cuando dejó escrito para su madre el fogoso sentimiento patriótico con que ya había definido el rumbo de su existencia: “Mírame, madre, y por tu amor no llores./ Si esclavo de mi edad y mis doctrinas/ tu mártir corazón llené de espinas,/piensan que nacen entre espinas flores”.
Son apenas unos pocos ejemplos, pero más que suficientes para echar abajo ciertos prejuicios, a los que hice referencia en el comienzo de este trabajo. Cualquier tema siempre será un buen pretexto para la poesía. El amor a los padres y, en especial a las madres, no lo será menos. Es ideal recordarlo ahora cuando todas nuestras madres, presentes o no, ancianas o juveniles, tienen en un domingo, un día especial que debería ser, en verdad, todos los días de este mundo.

