Muchas deudas seguimos teniendo con la disciplina social y con la impunidad de aquellos que suelen violarla de manera habitual, sin recibir a cambio la sanción merecida.
De esta triste realidad he vuelto a tener constancia recientemente, cuando en el casco urbano de Caimito, dos mujeres se dirigieron muy preocupadas a mí, por causa del impacto tan negativo que origina el ilimitado consumo de bebidas alcohólicas, sin horario de cierre para tales festines, en varios puestos de venta de los particulares.
A lo largo de todo el día se extiende la venta y el consumo de cervezas y otros licores. No basta que llegue la medianoche para detener las ventas. No. Según explicaron ambas mujeres, el fiestón alcohólico, con latas y botellas vacías tiradas por doquier, más los gritos selváticos y las indisciplinas que suele traer el indiscriminado consumo de alcohol, convierten los alrededores de estos locales en verdaderos estercoleros, a los que ninguna autoridad arriba para ponerle coto tajante.
Vivimos en un país con notables carencias materiales. Es una realidad muy obvia. Y es cierto que, mientras un comerciante ve consumidores en su negocio, tiende, en más de una ocasión, a no perder la oportunidad de aumentar sus ganancias, aunque ya sea plena madrugada.
Pero el sentido común y el respeto a los demás no entienden de ganancias e indisciplinas. Los dos primeros exigen que los seres humanos se comporten como tales, no como bestias alcoholizadas que rompen el sueño y la tranquilidad de cualquier niño, anciano o persona trabajadora.
No es justo entonces, ni elementalmente civilizado, que en casos como estos, la autoridad y el orden brillen por su ausencia.
Es preciso dejarles en claro el problema y la solución a los dueños de este tipo de locales y, en caso de indiferencia, proceder con mano firme. No creo que sea demasiado pedir. En el ejercicio del orden y el respeto a los demás, a veces no es necesario emplear un solo centavo. Este es uno de esos casos.

