Más de uno asegurará que no corren tiempos buenos para los escritores y los libros. Más de uno. Era descabellado el acto de soñar con escribir literatura cuando la brutal realidad (sin espacio para soñar demasiado) exige entrarle de frente a desafíos que provoquen resultados más jugosos para la mesa familiar y el bolsillo.
Cada quien puede creer lo que quiera y nadie podrá cambiar sus opiniones al respecto.
Sin embargo, un hombre que ha sido maestro, obrero, internacionalista, promotor cultural…,pero, sobre todo, escritor y formador de varias generaciones de escritores, el artemiseño Luis Carmona Ymas, sabe que la vida también se asume de otro modo cuando los incansables demonios de la escritura se meten dentro de un ser humano y ya ninguna carencia alimentaria, material o monetaria es capaz de vencerlos.
Con frecuencia se habla del éxito millonario de ventas de autores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Allende, Stephen King y hasta de la ya distante Corin Teclado, pero lo cierto es que una cifra respetable de autores de talla universal jamás contaron en sus bolsillos con algo más que un dinero elemental…y a veces ni eso. Sucedía hace mucho…y sigue sucediendo.
Conozco al profesor Luis Carmona desde tiempos inmemoriales. Conozco su huella imborrable en varias generaciones de creadores artemiseños, a los cuales ayudó a abrirse camino hacia premios y editoras importantes y, especialmente, hacia el corazón de la mejor literatura planetaria e insular.
Ahora, cuando este gallardo septuagenario, va por la quinta edición de su curso de Escritura Creativa, auspiciado por la Uneac en Artemisa, vuelvo a recordarlo en su batalla porque los libros y los escritores no viajen en el vagón de carga, como de manera muy lúcida exigía que no sucediera el sabio catalán de Cien años de soledad.
Carmona cuenta que le ha sido difícil convocar alumnos, armar cada 15 días las ediciones de su proyecto y hacer que los alumnos no pierdan el camino de vuelta.
Pero no hay palabras de desconsuelo en el persistente profesor, sino la convicción invencible de que el arte de aprender a escribir literatura está dictado por un un demonio encantado, retador y persistente, que no suele espantarse ni siquiera cuando ve que el horizonte de la vida se cubre de los nubarrones más impensables.


