Cuando la promotora cultural güireña María Cristina Pérez (Pucha) le propuso al pintor Ángel Silvestre que ilustrara una parte de la obra de la poetisa Lina de Feria, la respuesta del laborioso pintor caimitense fue rotundamente inmediata y positiva.
Sí. A cambio de nada aceptaba la idea de trabajar con la obra de una autora tan prolífica como Lina.
Así, tras duros días de trabajo en una residencia de Bauta, con Lina, Pucha y la también poeta Aitana Alberti, en jugoso intercambio de ideas, nacía la bellísima exposición Lina de Feria es visitada por un Ángel, ampliamente aclamada durante su inauguración y permanencía en una de las ediciones de la Feria Internacional del Libro en La Cabaña.
Lina, natural de Santiago de Cuba, pero residente durante largos años en la capital cubanana, no fue la clásica ave de paso por tierras artemiseñas. Fue mucho más.
Precisamente en predios bautenses su verbo exquisito y su amplia cultura lírica y humanista los había puesto al servicio de eventos tan queridos como Botella al Mar y Taller Orígenes, sin olvidar, por supuesto, su presencia constante y activa en incontables Ferias del Libro en nuestra provincia, donde en más de una ocasión se despojaba de todo ropaje literario para ser, sencillamente, una extraordinaria contadora de anécdotas picantes y muy cubanas.
Aún recuerdo su amor por el béisbol y su enorme admiración por el lanzador artemiseño Yadier Pedroso, muerto en la flor de su estelaridad e hijo de una profesional de la salud a la que Lina agradecía con cariño infinito por haberla tratado con manos y corazón de seda durante una enfermedad.
Lina irrumpio en el ámbito editorial en 1967, gracias a su cuaderno Casa que no existía, coganadora del Premio David de ese año, el cual tuvo la dicha de compartir con Cabeza de zanahoria, de Luis Rogelio Nogueras.
Incomprendida por algunos y ninguneada torpemente por otros, sus pasos terminaron por encaminarse desde El Vedado hasta el distante Güines, dónde su sapiencia literaria y sus afectos sin dobleces grabaron honda huella en varios jóvenes autores, más tarde convertidos en nombres significativos de la literatura cubana.
La escritora y periodista Lidia Señarís me recordaba atinadamente cuánto había ayudado esta ganadora del Premio Nacional de Literatura a jóvenes escritores del Oriente de Cuba.
No dudo ni por un instante de esa ayuda. Lina era especialmente generosa, un ser de puertas abiertas, sin dobleces ni grandilocuencias. Sin aspiraciones a pedestales, que a la postre suelen derrumbarse, aunque bien sabía de su talento.
Nuestra editorial Unicornio siempre la tuvo entre sus preferencias y por este motivo un día brotó de sus galeras el título A mansalva de los años, aún con posibilidades de ser adquirido por los lectores artemiseños.
Lina encarnó la poesía desde lo esencial, se alimento del río impetuoso e inmortal de los clásicos de la palabra, a los cuales conocía al dedillo y veneraba con el respeto que siempre merecen, tratarase de los portentos del Siglo de Oro español, Lorca, Alberti, Dulce María Loynaz, Fina García Marruz o Cintio Vitier.
Con la partida de Lina de Feria solamente se va su cuerpo cansado por la mansalva de los años. Pero queda su obra espléndida entre nosotros, como una casa que sí existía…y existirá.


