El arte de hacer música es cuestión de virtuosos. Eso lo sabe el protagonista de esta crónica. Negro, campechano, sencillo hombre de un pueblo de campo, que aprendió a tocar piano y tocó la gloria con sus manos. Verlo en escena es un privilegio. Llega al escenario y toma asiento frente al instrumento.
Tranquilo, con paso lento por la presencia de los años, visualiza las partituras, analiza el programa musical preparado para la ocasión y ejecuta con profesionalidad cada nota. Sus manos bailan intrépidas sobre las marfileñas teclas del piano y el orgullo sano de sentirse feliz aflora en su rostro de hombre humilde.
Recientemente recibió el Premio Raíces de la Uneac. Lo hizo con sencillez. Era la Peña del Río la ocasión perfecta. Agradeció. Regaló una sonrisa y recibió la felicitación de su público. Ese que aplaude cada presentación de su querido grupo ariguanabense Yawar.
Digo Alberto Rodríguez, y tal vez nadie sabe de quién hablo. Su nombre pasa desapercibido entre los lectores, sin saber que me refiero a Pititi. El maestro de generaciones. El músico cordial y modesto que enseña lo que sabe, porque disfruta lo que hace. Pititi tiene raíz musical en su natal Güira de Melena. Allí forjó su historia. Allí, desde la casa de cultura, la galería o el museo, dio clases a niños y demostró que el piano es un buen amigo para enriquecer el alma.
Pititi, lleva la música en el corazón. Tiene de raíces africanas y le canta con orgullo a Celina González o Adalberto Álvarez, para reverenciar a sus Orishas. España, México, La Habana y su Artemisa querida, le han visto actuar.
Sabe de la compañía de grandes músicos. Pancho Amat, Edwin Vichot, Juan Formell y otros, reconocieron su talento. Ahora recibió este premio y mantiene la misma ternura de sus palabras. La modestia alimenta su andar entre escenarios, partituras y giras por América y Europa.
¡Gracias, Pititi! Es un honor ser su amigo. Un privilegio conocerlo y saber que entrega su alma a la música en cada sinfonía, cada arreglo, cada coro que hace cuando suena Yawar. ¡Felicidades por este premio! Vendrán otros, estoy seguro. El más importante ya lo tiene. Lo cultiva desde sus raíces. Es el premio de la consagración y el respeto. Del aplauso sincero de su público y el estrechón de manos de este cronista.



