Evilio Matos Sánchez es uno de los muchos niños, hombres de bien hoy, de los llamados hijos de Celia (la heroína de la sierra y el llano). De esa historia ya hemos contado antes, ahora este artemiseño por adopción, quiso compartir algo de lo que más ha quedado en su memoria de la relación con Fidel, el centenario líder de la Revolución cubana:
“Lo que ocurrió con nosotros fue una idea que Fidel le dio a Celia. Le había dicho que cuando triunfara la Revolución, todos los niños familiares de campesinos en la Sierra Maestra que hubieran participado en la lucha, tendrían la oportunidad de venir a estudiar en la capital. Y así fue.
“Muchos fuimos para la casa de Celia y otros para distintos lugares en grupos como de 200, hasta que nos concentraron en la escuela Sierra, de Cojímar, donde finalmente fuimos todos a convivir. Las muchachitas pasaron a la Ana Betancourt, en Miramar.
“De aquellas vivencias que tuvimos guiados por Celia y Fidel, nos quedó, por supuesto, un Fidel más personal. Él iba mucho a la escuela de Cojímar. Recuerdo lo cerca que nosotros estuvimos de él, cuando lo operaron de una hernia inguinal, porque se mudó para aquella casa durante la recuperación. Le gustaba pasar tiempo en un lugar que era como un estanque de pescar, se sentaba por la tarde; era como la cisterna. Quedaba alta y nos sentábamos a mirarlo primero, iba y conversaba con nosotros. Tenía preocupaciones y mucho trabajo, pero sacaba tiempo para todos.
“Otra obra suya de la que tengo yo muchos recuerdos, fue cuando se creó el plan Alamar. En esa época él pasaba largo tiempo en Cojímar, porque tenía casi una obsesión con el plan aquel. Se reunía mucho con el personal allí, chequeando el avance del programa, tomaba decisiones.
“Él se preocupaba constantemente por la alimentación de los constructores en Alamar, nos convocó para ayudar a crear el menú para las microbrigadas y quería que se alimentaran bien los trabajadores. Se interesaba por la atención adecuada y también por controlar la obra. A las 12 de la noche, la una de la mañana, las dos, a la hora que fuera, podías verlo allí junto con los obreros.
“Por nosotros también se preocupaba todo el tiempo, en la escuela y fuera de ella, por cómo nos sentíamos en La Habana, si estábamos aprendiendo, si estábamos trabajando; mientras íbamos creciendo nunca se alejó. Insistió en que combináramos el estudio con el deporte, con el trabajo, la recreación. Había dos carreras que priorizaba mucho: la Medicina y la Agronomía y nos motivaba, pero si nos gustaba otra cosa lo respetaba.
“Algunos de nosotros después fuimos sus compañeros permanentes, sus barberos, sus mecánicos, sus cerrajeros, carpinteros, su mano derecha para muchas cosas.
Confiaba plenamente en nuestras competencias, jamás tuvimos límites para ver a Fidel o a Celia, no había nadie que nos limitara para acercarnos a ellos.
“A mí me gustaba mucho el campo y aprendí con un médico veterinario, la clínica y la práctica para cuidar animales y me dediqué a ser útil de esa manera en la finquita de la escuela. En el año 1983 me fui de misión a Nicaragua, después de pasar muchos cursos, y él me despidió personalmente.
“El 4 de diciembre del 84 triunfó Daniel Ortega en las urnas y después de aquella victoria, cuando regresé a Cuba, fui seleccionado entre cuatro combatientes para ser profesor, instructor militar en Candelaria. Me casé aquí, concluí mi misión y pude regresar a La Habana, pero hice mi familia en San Cristóbal y me quedé. Ya supero los 72 años y he encontrado otra familia en la empresa de Materias Primas, siento que se me quiere mucho y no me dejan jubilar, supongo que porque aprendí a ser humilde desde niño y eso vale más que cualquier patrimonio material.
“Cuando murió Fidel fue otro golpe similar al de la muerte de Celia, porque después que ella murió, fue el propio Fidel quien se quedó a cargo de nosotros. Ya después que nos hicimos hombres y mujeres y cada cual hizo su camino, a él se le ocurrió que todos los años teníamos que reunirnos en Cojímar y celebrar una actividad, no importaba por dónde andaba cada uno, si estaba en Oriente o en Venezuela, había que estar allí.
“Nosotros una vez hablamos con él porque quisimos crear un sindicato en el que íbamos a costear los gastos y él nunca estuvo de acuerdo, porque nos veía como una familia y no como un sindicato.
“La muerte de Fidel fue una cosa muy grande que nos impresionó a todos, aunque sabíamos ya que su estado de salud era muy delicado, pues teníamos compañeros del grupo que trabajaban directamente con él: los dietéticos, médicos y otros profesionales que eran parte de aquellos niños hermanos nuestros de la Sierra y nos mantenían al tanto sobre su salud. Era esperado que sucediera y aún así nos sacudió.
“Nos manteníamos en esa comunicación y sabíamos que en los últimos tiempos él empezó a escribir y a dejarlo todo organizado, para que nada quedara suelto cuando no estuviese. De todos modos, fue un golpe muy duro. Yo soy de Pilón, en Granma, de la tierra de Celia, el papá de ella era el médico del pueblo, tengo muchos recuerdos de la niñez. A Fidel lo recuerdo incluso antes de venir a La Habana.
Mi mamá era una persona analfabeta, de la Sierra. Después nos mudamos para el llano. Fidel iba mucho al puerto donde vivía yo: La marea El portillo. Allí habían muchos cocales y él quería desarrollar aquello. Un día Fidel y Celia estaban en el puerto y Celia empieza a preguntar por nosotros que habíamos bajado de la Sierra.
Entonces yo fui caminando para el muelle donde estaban concentrados muchos muchachos, llenábamos el muelle para ver a Fidel si sabíamos que había llegado. Entonces Celia me pregunta: – Y tu mamá? Dile que venga a verme.
Busqué a mi mamá y ella le dijo: – me llevo al niño, están de acuerdo?
La vieja me preguntó: ¿Qué tú vas a hacer?
Y contesté: – me voy-. Y hasta la fecha. Me cambió la vida, aprendí tanto, entre todas las cosas, a convivir con Fidel.

