Mi abuelo, que ya rebasa los 70 años de edad, cuenta que a los 17 se montaba en una bicicleta con la parrilla oxidada, un pomo de limonada, dos panes con tortilla y se largaba con sus amigos hasta el río más cercano.
Sin GPS, sin selfis, sin la angustia de documentarlo todo. El plan era mojarse, contar cuentos bajo un árbol y regresar con las piernas llenas de arañazos y el alma repleta de sol. A mí, que tengo 20, ese ritual me parece casi heroico. Y no porque no me guste la naturaleza, sino porque armar algo así hoy implica una logística que agota antes de empezar.
Me pregunto entonces, ¿qué entendemos por recreación sana los muchachos de mi generación? Para muchos, el ocio empieza y termina en el celular.
Las redes sociales se tragaron la calle, y con ello se llevaron las damas, el pon, la pañoleta y hasta el dominó de la esquina, que al menos obligaba a mirarse las caras.
No idealizo el pasado: sé que aquellos juegos también tenían sus exclusiones, y que mucha gente mayor añora sin criticar. Pero algo sí hemos perdido: la capacidad de aburrirnos juntos, de inventar un plan con lo puesto, de hacer del río un destino y no un fondo de pantalla.
El contexto, hay que decirlo, no ayuda. Vivimos en una Cuba donde todo cuesta, donde el transporte es un campo de batalla y donde una merienda para varios, puede desbalancear el presupuesto de cualquier casa.
Pero tal vez por eso mismo, porque el bolsillo aprieta, urge redescubrir que la recreación no es sinónimo de consumo. Una reunión de amigos donde cada cual trae algo, una guitarra desafinada, un juego de damas rescatado del polvo, una caminata por un sendero que ni sabíamos que existía: esas cosas siguen estando al alcance. Y no, no son plan de viejo. Son plan de quien entiende que el bienestar mental no se descarga, se construye.
En mi casa, por suerte, las tardes todavía huelen a damas y parchís. Mi abuelo, el mismo de la bicicleta oxidada, me enseñó que una ficha bien movida vale más que un like.
Entre partida y partida, sin discursos, entiendo que la recreación sana hoy debe ser un acto casi subversivo. En un tiempo que nos empuja al individualismo y a la pantalla, juntarse a conversar, a sudar, a perderse en un paisaje, es una manera de resistir.
Mi abuelo y yo podemos discrepar en el método, pero coincidimos en lo esencial: divertirse no es evadirse, es reencontrarse. Y ese verbo, para bien de todos, todavía no necesita wifi.



