Todavía no sé cómo se escribe la crónica de un hombre que ya no está. Aquella tarde de 2024, cuando me acerqué a Pedro Chávez Sánchez en el Estadio Luis Campo, en Alquízar, no imaginé que el tiempo me obligaría a convertir aquella conversación en un homenaje póstumo.
Con las gradas en silencio, las palabras que transcribo llevan la carga de un luto que envuelve al municipio, a sus discípulos, a sus amigos, familia y a este periodista que lo vio vivo por última vez entre bates y guantes.
La imagen más viva de Chávez, como casi todos los alquizareños lo nombraban, siempre será allí, en el estadio, enseñando lo que más amaba.
El béisbol no era un oficio para él. Aquella tarde me recibió sin interrumpir la práctica. Los muchachos bateaban, capturaban la pelota y descubrían los secretos de las jugadas precisas, mientras él, con la paciencia de cuatro décadas, corregía un brazo, acomodaba un pie.
Entre pausas y silencios que aprovechaba para contestar mis preguntas, Chávez fue desgranando una vida entera consagrada al béisbol.
“A los 17 años integré el equipo de primera categoría, me contó. Durante cinco años transité por las diversas experiencias de los campeonatos.”
Después llegaron los títulos que rubricaron su vocación pedagógica: técnico graduado en el Fajardo en 1981, estudios superiores concluidos en el Instituto Superior Enrique José Varona en 1991, especialidad béisbol. Su hoja laboral en el municipio conoció varias etapas.
“Ejercí como metodólogo municipal, subdirector del Inder”, me decía mientras guiaba el swing de un niño que no levantaba un palmo del suelo.
Luego soltó la frase que hoy me desgarra al teclearla: “Desde 1995 inicié mi pasión como entrenador de pelota hasta hoy”. Hasta hoy. Ese “hoy” de entonces era un presente feliz de atrapadas y lances a tiempo. Vi a un hombre amante sin par de una tradición a toda prueba, a un pedagogo que jamás se rindió. Y cuando creí que era un mal momento para continuar, Chávez me detuvo: “Periodista, estoy satisfecho de lo que hago porque me gusta, porque nada me impidió asistir y transmitir mis conocimientos y mi amor por la pelota”.
Le di las gracias y emprendí el regreso a casa con la sensación de haber conocido a un imprescindible. No sabía que aquella iba a ser la última entrevista.
La noticia de su partida cubre a Alquízar con un velo de tristeza. Los amigos que compartieron con él banquillos, derrotas y campeonatos repiten su nombre en voz baja, como quien reza una alineación sagrada.
La familia, rota, cuida su memoria en un rincón donde aún se escucha el eco de sus enseñanzas. Y los niños, esos niños que él moldeaba cada tarde, preguntan cuándo vuelve el profe, sin entender todavía que hay ausencias que ningún jit puede reparar.
Confieso el dolor de quien escribe. Por eso, fiel a lo que vi, la imagen más viva de Pedro Chávez Sánchez no será la del adiós. Será, para siempre, la de aquel atardecer en el estadio Luis Campo, rodeado de sus niños y de su pasión por el béisbol. La misma que hoy, mientras lo lloramos, sigue enseñando en silencio.

