Con más de cinco décadas de entrega a las artes marciales, este profe no solo enseña técnicas milenarias; cada tarde convierte su gimnasio en un taller de disciplina, respeto y sueños para decenas de niños y adolescentes. Padres, alumnos y grandes maestros internacionales avalan su obra silenciosa, pero profunda. Ya casi se pone el sol sobre los techos de Bauta; no obstante, dentro de la escuela resuenan las voces de kiyup de los practicantes.
Al frente, con la mirada firme y el gesto sereno, está Rufo Gilberto Márquez Martínez (el máster Rufo como le dicen los consagrados al Máster director de esta escuela de la Cheong Kyum World Federation (CKWF).
No es un profesor cualquiera. Es un hombre que empezó poco después de los diez años en un círculo social, agarró un judogi por primera vez y nunca más lo soltó.
“Comencé en el judo en Batabanó, en la escuela de formación de maestros de 1972 al 78”, reconstruye su memoria mientras los movimientos del entrenamiento no cesan.
De ahí saltó a la defensa personal, conoció al legendario maestro Francisco Perdigón Martínez (Okito), alcanzó el cinturón negro y en 1992 ya era 2° DAN.
Aun así, su sed de conocimiento no paró. En 1999, de la mano de Yuraldis León, entró al mundo del tae-kwondo, donde llegó a cinturón rojo y cubrió durante tres años la dirección del gimnasio Estadio Bauta.
Sin embargo, su verdadera revolución empezó en Playa, 70 y 7ma, con el maestro Reymundo M. Falcón Silva. Allí se adentró en el Hapkido Yu Man An, una disciplina que fusiona defensa personal, proyecciones y técnicas de articulación. En 2002 fundó su propia escuela, y pronto ocupó cargos de jefe técnico y miembro de la Comisión Nacional de Exámenes.
“En mayo de 2019 recibí el cinturón negro 6° DAN y el título de Maestro Nacional”, admite con orgullo conte-nido. El reconocimiento más grande llegaría después, al asociarse en 2022 a la CKWF con el Gran Máster William Rayo, de Colombia. Rayo visitó Bauta en mayo de 2023, validó su programa hasta cinturón verde 3° GUP, y le entregó la membresía que lo incorporó a ACAM.
Escuela que trasciende fronteras
Hoy se desempeña, además, como presidente nacional de CKWF. Aunque el currículo impresiona, lo realmente conmovedor ocurre en cada clase: un escenario de entrega total que va desde el profe hasta los muchachos y se devuelve con el ejercicio repetido, la técnica aprendida, la emoción y satisfacción de los padres.

Los niños no corren hacia la salida; se quedan ayudando a guardar los pateadores, o le preguntan al profe sobre una llave; llevan armas que no dominan, pero pretenden conocer sobre su uso. La familia crece cada tarde en un pequeño y acogedor local del estadio bautense.
“En la actualidad imparto clases a un excelente grupo de niños y adolescentes, en quienes formo valores de disciplina y lealtad”.
Y no exagera. Los padres prepararon una actividad en conmemoración del aniversario (28 de mayo), y los niños aguardan con toda la emoción que implican los cambios de cinta previstos para el 20 de junio.
Un elemento medular lo constituye el equipo compuesto por el maestro Adolis Parra Torres y el profesor Yandy Rodríguez Rodríguez, quienes refuerzan el trabajo en clases. También resulta pertinente reconocer la colaboración de la Asociación HANA, que donó guantillas, cintas y pateadores para el entrenamiento.
Asimismo, el maestro Gabriel Zárate, de la CKA & CKWF de Estados Unidos, les regaló 15 uniformes nuevos, más otros de uso y camisetas. “Es una bendición —agradece Gilberto—. Cada uniforme significa que un niño puede entrenar con dignidad”.
El futuro ya tiene fecha
El año 2027 traerá una nueva visita del Gran Máster William Rayo junto a otros maestros. Realizarán seminarios y exámenes para el 2° DAN de CKWF. Mientras, Gilberto sigue puliendo detalles, corrigiendo posturas, regalando consejos.
“Los Maestros y el Gran Máster William Rayo elogiaron nuestro trabajo. Están muy contentos con nuestra escuela, conocida nacional e internacionalmente”, dice sin falsa modestia.
Detrás de sus palabras, en ese pequeño gimnasio de Bauta está el eco de los pies descalzos contra el tatami, la mezcla de respiración cansada y felicidad de los alumnos. Gilberto no solo enseña defensa personal, muestra que caerse no es fracasar, sino aprender a levantarse con más fuerza; que el respeto al compañero o rival lo es a uno mismo. Con suma maestría y paciencia esmerada, trasmite que en el Hapkido la disciplina y obediencia no son apenas palabras sino el camino para convertirse en mejores seres humanos.


