Regresa abril y en la madrugada de este día 15 retumban en la memoria el ruido del enemigo. Aviones B-26 camuflados con la enseña nacional cubana, atacaron la Base Aérea de San Antonio de los Baños, Ciudad Libertad y Santiago de Cuba. Salieron de Nicaragua y Puerto Rico, con el fin de aniquilar en tierra la defensa aérea cubana de la recién nacida revolución.
¡Que ilusos los que así pensaron! Sorpresa, sí, tamaña sorpresa se llevaron los invasores. Nuestros pilotos, tan pronto como pudieron corrieron a sus aviones. Asumieron la posición de combate y neutralizaron la acción. El ataque aéreo era el preludio de una invasión mercenaria, dos días después, por las arenas de Playa Girón. Allí, el mar bañó de gloria a nuestros milicianos.
Jóvenes, casi niños, estuvieron presentes. Defendieron la Patria con fusil en mano. Tal vez no tenían la experiencia para utilizar el armamento, pero tenían amor a la tierra que los vio nacer. Tenían confianza en la naciente Revolución y en su líder. Ese Fidel que quedó en la historia. Quedó también grabado su nombre con la sangre de un joven, un héroe, Eduardo García Delgado. Solo 72 horas y el ataque mercenario perdió toda su macabra intención.
La historia lo recoge como la primera gran derrota del imperialismo yanqui en América. La libertad conquistada con sangre y sudor no podía ser entregada. Invasión, preludio y victoria. Sí, victoria de Fidel. El guerrillero que aún cabalga sobre su tanque como Quijote del siglo XXI. San Antonio de los Baños, recuerda el ataque aéreo y evoca a sus milicianos.
Honra a los que aún viven para contar la hazaña. Hombres que peinan canas y siguen amando la verdad de una Revolución triunfante. Esa que supo bañar con heroísmo las tranquilas aguas de Girón.


