Allá en los confines del más allá habrá de disculparme el escritor cubano Antonio Benítez Rojo por tomar en préstamo para esta crónica el nombre de su mejor obra literaria: Mujer en traje de batalla.
Esta ambiciosa novela narra todos los calvarios, éxitos y resurrecciones de Henriette Faver (o Enriqueta Faver), la brillante mujer suiza que, vestida y falseada como hombre, llegó a convertirse, sin que entonces nadie lo sospechara, en la primera médico graduada en Cuba por los siglos de los siglos.
Corría la primera mitad del siglo XIX. Corrían tiempos salvajes para las mujeres del mundo entero. En la tierra más hermosa entre todas, tal como la vio el almirante Colón y otros tantos que llegaron después, la realidad patriarcal no era mucho más ventilada para ellas. Cualquier mujer, vestida o no de hombre, cargaba siempre consigo un traje de batalla para enfrentar un combate en completa desventaja.
Y ahora, en estos días de hoy, azarosos, de apagones y escaseces, de alimentos y medicinas a precios imposibles, de amarguras y sustos que corren de boca en boca y asustan cualquier oído, están ellas ahí, enfundadas en ese hermoso traje que no tienen intenciones de colgar, aún cuando los tiempos luminosos-y tan esperados- irrumpan en estos predios.
No caben sustos en ellas. No caben miedos de ninguna clase. Un país resiste y se levanta con sus manos, o cae de bruces y ya nunca de levanta.
Paso esta verdad por los ojos profundos de Martí. Paso por los ojos del joven Fidel desde aquel julio moncadista. Paso, antes y después, por mujeres de todo el mundo, carne y visión sufridas de siglos enteros, parte de una narrativa excluyente y prejuiciada en todos los confines del globo terráqueo.
«Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie», aseguró la escritora norteamericana Emily Dickinson y sucede que más mujeres, empoderadas o no, han podido comprobar su tamaño real en un país como este, donde cada tarea, desafío, prueba de bondad y entrega lleva sus nombres grabados a fuego imborrable.
» Las mujeres pueden con todo…y con más», cuenta una vieja y atinada frase. Mire usted cada rincón, casa, calle, esquina, hospital, escuela de Cuba…y podrá comprobar cuántos quilates de oro corazonero vale esta frase.
La mujer no ha querido estar en una fecha, en ese breve 8 de Marzo, sino en todas las fechas, cuando ya no hay tantas palabras bonitas para ellas en una postal o en la prensa, sino cuando el volcán cotidiano de la vida lanza su lava ardiente y ellas, de modo milagroso, salen a contenerlo con apenas un traje de batalla y una flor hermosa en cada mano.



