Puede uno caminar Caimito entero y será casi imposible no encontrar en cualquier calle, casa o esquina, un montón de pajas negras, o puede mirar al cielo y ver descender una lluvia interminable de estas, resultado de la quema sin clemencia de cualquier basurero de los presentes hoy, en el casco urbano de este municipio.
Del que se encuentra cerca de mi vivienda y más cerca aún de la escuela primaria Mártires del Goicuría, he escrito varias veces en esta misma página, y también del modo en que, impunemente, conviven con la basura unos ratones que cortan la respiración a los humanos y hacen las delicias de los felinos al acecho.
Por obra y gracia de ciertos entusiastas pirómanos, resulta frecuente que este basurero arda a sus anchas, motivo para que, en más de una ocasión, los bomberos aterricen en el sitio y, con manguera en mano, sofoquen las llamas y la justa preocupación del vecindario.
Sin embargo, la historia de basura y fuego no se reduce a la de este lamentable vertedero, esparcido a todo lo largo del fondo del estadio de béisbol José Ignacio Chiu, sino que parece haber contagiado a varios lugareños, inspirados igualmente en convertir en cenizas a otros basureros y sus alimañas.
¿Y el costo de esta tarea de higienización por cuenta propia? Pues además de que esta invasión permanente de pajuzas negras se incrusta en cuanta ropa, sobrecama, mueble, pared, azulejo, techo, ventana, puerta, televisor, computadora…., encuentra a su paso, provoca también irritaciones respiratorias en más de un ser humano. Y ahí está el detalle, como diría Cantinflas. Ahí está un peligro notable para la salud de cualquiera de nosotros, sin distingos de ninguna clase.
Mi hija y otras personas cercanas han sido víctimas de esta “limpieza” que intenta ponerle freno a una vergonzosa invasión basurera, pues una considerable irritación en ojos y vías respiratorias la ha puesto en manos de algunas benadrilinas aliviadoras, difíciles de conseguir y pagar en los días de hoy.
Y no solo es capaz de afectar el organismo de algunos caimitenses, sino el de muchos de sus otros habitantes. El intento no deja de ser positivo; pero sus consecuencias no lo son tanto. Y todos sabemos demasiado bien que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno.
Cualquier ser humano con un mínimo de sentido común se halla al tanto del costo que puede tener la falta de higiene. De viejos siglos nos llegan, no las leyendas ni mucho menos, sino contundentes historias de epidemias que diezmaron países y continentes enteros, porque basura, desechos y falta de higiene a granel hicieron explotar los demonios del caos y la muerte.
Hace ya algún tiempo Ricardo Concepción, gobernador de la provincia, recordaba con nostalgia la notable limpieza imperante en las calles de Caimito, aun bajo las enormes carencias del conocido período especial.
Aquella reflexión era un llamado a pensar en serio la posibilidad de tener otra vez a este municipio, en la vanguardia de la higiene, como en tiempos pasados. Una reflexión que apoyo con todo el entusiasmo posible.
Ahí, a no dudarlo, se hallaría la mejor contribución para exterminar los potentes basureros que hoy pululan en el casco urbano caimitense y, de paso, frenar a quienes, en su desaforada lucha contra la suciedad y los vectores, prenden fuego sin muchos miramientos y sin saber que, en ocasiones, el remedio causa tanto daño como la enfermedad.

