Siempre que se lo propone logra ser un sobresaliente retratista, un virtuoso a la hora de plasmar cualquier vistoso paisaje de tierra adentro o algún desnudo de mujer; pero su sello indiscutible de creador, sus códigos más auténticos a la hora de expresar la espina punzante de dolor humano, están en su rica interpretación del mar.
Están en esas aguas imponentes, peligrosas y mágicas impregnadas en los cinco sentidos del pintor Gerlys Álvarez Chacón, artista de Mariel, un pueblo que saltó a la fama casi sin querer, un pueblo con bahía abierta de par en par a todos los sueños y pesadillas de una nación.
En las obras marinas de Gerlys no se trata de que el lienzo o la cartulina luzcan la imagen imponente, serena o encabritada del azul que baña limpiamente el cuerpo de un país con forma de caimán, sino de hallar y volver a hallar –y replantearse honestamente-el sentido y el rumbo de una nación, porque estas obras no son un compendio de arenas blancas, azul melodioso y vaivén de olas bellamente coloridas, ni tentación para colgar en las paredes de cualquier hogar.
Son mucho más, porque Gerlys ofrece segundas y terceras lecturas. Ofrece imágenes que esconden filo cortante en el envés. Jamás ofrece mares en calma, la mar por la mar, qué hermosa, qué bien…y ya el mensaje acabó. No. No van con su actitud.
El mar es demasiado grande, esconde enormes secretos como la vida real, y a veces los grita sin piedad. Gerlys lo saben muy bien. De ahí que no haya modo de que lo exprese a imagen y semejanza de un paisajista seco de creatividad.
No hay dolores que no expresen los mares de este pintor: soledad, incertidumbre, desespero, cobardía, duda, asfixia, desesperanza, desarraigo, represión… y también –por qué no- las belleza que tan bien se les da.
No exagero ni un tanto si afirmo que los mares de Gerlys Álvarez Chacón, más que voces inquietantes, guardan en su azul sutileza un grito humano desgarrador.



