Todo el empeño de ser un país libre de España parecía haber fracasado con el Pacto del Zanjón, todos los sueños libertarios de Céspedes y Agramonte y miles de patriotas parecían rotos ante una España especialmente retardataria, dispuesta a gastarse hasta la última peseta y el último soldado, con tal de no perder a Cuba.
No contaba la metrópoli con que las ansias de libertad de un pueblo nunca mueren y, en breve plazo, con un papel decisivo y aglutinador del más universal de los cubanos: José Martí, fundador del Partido Revolucionario Cubano y del periódico Patria en Estados Unidos, los campos de oriente a occidente estarían otra vez ardiendo del coraje de unos mambises dispuestos a lograr la victoria definitiva.
Con el apoyo incondicional de cubanos en el exilio y residentes en la Isla, con hombres dispuestos a volver al combate a cambio de nada, como el generalísimo Máximo Gómez, el Lugarteniente General Antonio Maceo, Calixto García, José Maceo, Flor Crombet, Periquito Pérez, Quintín Banderas… y otros muchos combatientes de a pie, el final de España no sería precisamente un canto de victoria.
Mucho se ha hablado de quienes dirigieron la Guerra del 95, también llamada La Guerra Necesaria, de sus orígenes humildes, del papel fundamental en ella del hombre negro y su mayor apego a seres procedentes de las capas sociales más desfavorecidas.
En ese sentido, el papel de José Martí resultó esencial, su condición de político y estratega adelantado a su tiempo, la manera de entender el presente y el futuro de Cuba, y los peligros reales al acecho provenientes de Norteamérica, su deseo ferviente de construir una nación “con todos y para el bien de todos”, sin exclusiones de ningún tipo, le imprimieron a esta contienda bélica una profundidad emancipadora ante la cual España no supo otra cosa que responder con una barbarie del calibre de La Reconcentración, experimento genocida, engendro criminal encabezado por el Capitán General Valeriano Weyler.
Pero la Guerra del 95, la que estalló en 35 localidades del país al unísono, con mayor o menor éxito en ese instante, estaba destinada a sellar el fin de España en la mayor de Las Antillas.
Quedaba mucho por hacer, mucha sangre por derramar en los campos de Cuba desde aquel 24 de Febrero, simbolizado como Grito de Baire, pero la orden de combatir no tendría ya retroceso y si los españoles, de manera tozuda, se disponían a pelear hasta la última bala y el último soldado, los mambises no estaban dispuestos a sacrificarse menos, aunque en aras de un ideal verdaderamente justo.

