Cuando en el año 1957 el novelista francés Albert Camus recibió el Premio Nobel de Literatura, no lo pensó dos veces para enviarle una carta de agradecimiento a su maestro de primaria.
Aquel docente fue capaz de confiar en el talento del pequeño Albert, cuando todos los demonios de la pobreza y el olvido, pesaban sobre el futuro autor de obras tan decisivas como El extranjero y La peste.
Bella es esa breve misiva y de muchas maneras, me recuerda el papel de los instructores de arte dentro de la sociedad cubana, no solo en el momento actual, sino desde hace mucho, con nombres y resultados bien notables.
El maestro de Camus no era propiamente un instructor de arte o un asesor literario; pero fue ese hombro generoso, ese camino con menos obstáculos que todo ser en desarrollo o desfavorecido merece, para no perderse entre selvas repletas de fieras o ser la fiera misma. Un instructor de arte es también, a fin de cuentas, un maestro.
Y ahora me pregunto: ¿qué niño no necesita un buen maestro o buen instructor de arte, aunque al cabo no llegue a convertirse en escritor, bailarín, pintor, actor…? No voy a decir que todos. Pero sí puedo asegurar que una cifra muy respetable. Esta es una señal más que luminosa, porque el arte tiene el don de abrazar a los seres humanos y volverlos mejores.
En ese principio formador se halla, más de lo imaginado, la grandeza de un futuro gran escritor o artista. Camus no es el único ejemplo.
A lo largo de estos años como periodista, he tenido la suerte de compartir con muchos instructores de arte, en los espacios donde estos forman a nuevas generaciones de creadores.
He visto su resultado y con una emoción inevitable, también los milagros que obtienen con incontables niños y adolescentes, procedentes de barrios y familias de existencia harto difícil con carencias materiales bien considerables. Mientras voy escribiendo estas líneas de home- naje no dejó de pensar en figuras como Antonia Eiriz, una de las más encumbradas pintoras cubanas del siglo XX, formadora de innumerables talentos en los barrios periféricos de la capital cubana.
Imposible no recordar cómo una grande de la escena criolla, Ramona de Saab, Premio Nacional de Danza, arropó con su cariño, recursos humildes y talento a un joven de barrio nombrado Carlos Acosta, a
la postre convertido en el mejor bailarín del mundo.
Como imposible resulta pasar por alto el nombre de Valentín Puentes, un maestro de la guitarra y la enseñanza que ha echado a volar talentos por cielos de la Patria entera y de más allá de sus límites geográficos.
Y no olvido ni por un segundo a instructores muy modestos, pero también infatigables, capaces de merecer todos los elogios posibles: María Victoria Arteaga (La China), Ana Margarita Ibáñez, Yordan Reyes, Osleydis Torres, Yenadis Díaz Viera, Roselín Francés… entre otros.
Unos son de Bauta, otros de Caimito. A muchos nunca les llamaron instructores de arte, porque en verdad no lo eran, aunque actuaron como tales. Pero en todos los casos han puesto el corazón a tiempo total, en el empeño de formar un ser humano más sensible, más preparado para la vida en general, pues no solo de enseñar a bailar o pintar o cantar se ha tratado siempre, sino de enseñar a muchos a ser una mejor persona.
He mencionado apenas unos pocos nombres en el presente recuento. Pero ningún instructor de arte artemiseño o cubano debe sentirse ausente en mis palabras. Todos, de alguna manera, están presentes en este escrito.
Es sinceramente hermoso el trabajo que realizan. Tan hermoso y decisivo es su papel de maestros formadores, que, casi sin excepción, están detrás de aquellos que ayer y hoy obtuvieron premios importantes, formaron bellas familias o aprendieron simplemente a ser buenos ciudadanos y buenos hijos de su Patria.



