Cuando muere un ser humano de la talla de la doctora Araceli García-Carranza Basetti, quien hasta hace apenas unos días, fue la bibliógrafa más importante de Cuba, uno siente que un vacío enorme ha quedado en el alma de la nación y en el pecho de todos aquellos que la conocimos.
Araceli, dueña de un currículo especialmente brillante, donde resaltan títulos como Un camino hacia Carpentier, las bibliografías de Lisandro Otero y José Lezama Lima y las cronologías de Fernando Ortiz y Eusebio Leal, fue toda una institución dentro de otra institución: la Biblioteca Nacional José Martí.
Además, resultó una pieza fundamental para arrojar profundas luces sobre cada una de las ediciones del evento Taller Orígenes en Bauta, al cual solía asistir siempre en compañía de su esposo, el doctor Julio Domínguez, historiador de la Biblioteca Nacional, ya fallecido.
Mas que regalar decenas de anécdotas y vivencias vinculadas a los escritores miembros del grupo Orígenes, cuyo líder, el sacerdote y poeta Ángel Gaztelu Gorriti, ofició en la iglesia Nuestra Señora de la Merced y San José, en Bauta, durante la década del 40 del pasado siglo, la brillante intelectual regaló incontables conferencias e intervenciones.
A través de su reposada y profunda palabra colocó en merecido puesto artístico, patriótico y humano a varios de los miembros de esta agrupación lírica, especialmente a Fina García Marruz y Cintio Vitier, a quienes supo proteger y reconocer en viejos “tiempos duramente humanos”.
La doctora Araceli García-Carranza, un verdadero “archivo viviente”, como más de un intelectual importante la calificó, no fue un ave solitaria que arribó a nombre de sí misma, al importante evento bautense.
Araceli siempre trajo con ella, como imán luminoso, a formidables figuras de la cultura cubana y textos de alta valía que, gracias a su infinita generosidad, pasaron a formar parte de la riqueza presente en los estantes de la Biblioteca Municipal Antonio Maceo, la cual se dio el gusto de reinaugurar hace ya tres años.
En su jugoso paso por el Taller Orígenes nadie le vio nunca un gesto grosero o le escuchó una palabra altisonante. Era una finísima dama, un mar de sabiduría difícil de encontrar en cualquier esquina. Nunca se empeñó en brillar, pero fue brillante.
Por estas razones y por muchas otras, una mañana del Taller Orígenes, los hombres y mujeres de la cultura en este municipio artemiseño, le entregaron la más dulce y honrosa distinción posible: Hija Ilustre de Bauta.
De sobra la merecía Araceli. Pero su gesto de agradecimiento, tan tierno como de costumbre, sirvió para recordarnos a todos los presentes, como su amado Apóstol, que toda la gloria del mundo cabía en un grano de maíz y ayudar a crecer culturalmente a los demás, era el más honroso de todos los premios.



