En uno de sus más celebres dramas teatrales, La muerte de un viajante, varias de las criaturas de su autor, Arthur Miller, hacen referencia burlona a cierto personaje al que “se le quiere… pero no se le quiere bien”.
Pensé en lo mucho que la trabajadora social María del Carmen Herrera Goicochea contradice esta afirmación demoledora, pues a ella sí se le quiere en Caimito… y se le quiere bien.
La primera prueba de esta verdad la escuché en el reclamo de Odalys García Barreda, en su empeño de que yo dedicara unas líneas de reconocimiento periodístico a una mujer que ella y muchos consideran especial, con una obra humanista que trasciende las paredes de la Casa de Abuelos Lázaro García Fernández, para extenderse por todo el municipio caimitense.
Ante tanta sincera motivación, me fui a esta Casa de Abuelos al caer un mediodía reciente, para encontrarme con María del Carmen, una mulata de eterna sonrisa y con 38 años de labor en el municipio, aunque siempre ha residido en Artemisa, esfuerzo que agranda su valor.
Treinta y ocho años no es una cifra corta para la vida de un ser humano. En ese periodo de tiempo se concreta la parte fundamental de una existencia y son muy posibles los vaivenes y traslados a otros puestos y oficios. Con María del Carmen no ha sucedido así.
“Vine a Caimito a cumplir mi servicio social y el ambiente me gustó. Desde entonces trabajo aquí. Nunca he querido irme porque en este lugar encontré personas excelentes, muy nobles y parecidas a las que conocí en Pinar del Río”, señaló María.
Cuatro décadas atrás la labor de los Trabajadores Sociales era mucho más fácil, reconoce. Esas condiciones tan positivas la hacían feliz porque, si no resolvía todos los problemas, resolvía casi la totalidad de los que se le presentaran a los necesitados de ayuda.
Hoy, bajo serias dificultades económicas, sufre cuando no cuenta con algún recurso o medio para llevar adelante esa ayuda. Afecta especialmente su noble condición humana.
“No obstante las carencias, hablo, intento darle algún servicio al paciente, trato de ayudarlo en todo lo que pueda”, dice emocionada.
La Casa de los Abuelos pertenece al policlínico Flores Betancourt, ubicado en el casco urbano municipal, y los abuelos que reciben sus beneficios son apenas una parte de la razón del trabajo de María del Carmen, quien, además, realiza labor de terreno, atiende lactantes, embarazadas adolescentes, casos de personas postradas, gestiona ingresos hospitalarios para ancianos sin compañía o sin familia…
Ella y Ady Castro son las únicas trabajadoras sociales con que cuenta el Sector de la Salud en Caimito y, aunque dos es una cifra mínima sin dudas, el apoyo mutuo las lleva a obtener resultados positivos, en cuanto a la atención a seres que lo necesitan, sin tardanzas de ninguna clase.
“No me gusta que el paciente demore en alcanzar lo que necesita. No me gusta verlo sufrir”, afirma María de manera muy convincente.
El trabajador social no la tiene fácil, mucho menos en un municipio con tantos consejos populares y asentamientos repartidos por toda su geografía. Solo en su parte norte radica una cifra notable de residentes ilegales, a los que no resulta fácil resolver sus carencias y dificultades.
Adolescentes embarazadas y ancianos sin casa ni techo, hacen estremecedora esta tarea, de no dejar a su suerte a quienes necesitan igual dosis de amor que de apoyo.
María del Carmen parte de Artemisa cuando aún no ha amanecido y regresa a su pueblo, en incontables ocasiones, cuando ya cayó la noche. A pesar de su estampa innegablemente juvenil, reconoce que ya cuenta 58 años y, en menos de dos, estará jubilada, noticia que gusta demasiado poco a todo su equipazo de admiradores.
Mientras converso con mi entrevistada, vano resulta el intento de ponerle orden a los elogios que, por encima sus hombros, lanzan hacia mí los ancianos y trabajadores del círculo de abuelos.
Alipio Moreno asevera que: “todo lo bueno que se diga sobre ella es bien poco”; Marlén Duarte la alaba por ser muy amable y cariñosa, por sus eternos deseos de ayudar y por ser consciente con su trabajo.
Leyda Álvarez Rodríguez se atreve a más: “sin Carmen esta no sería una Casa de Abuelos”. Mayda González Matilla, Presidenta del Consejo de Ancianos, cuenta que “Carmen saca dinero de su salario para los viejitos que no pueden pagar los servicios de la casa, les lava la ropa, les trae jabones, pasta de dientes…”.
Madre de dos hijos, artemiseña de raíz y caimitense de alma, María del Carmen Herrera Goicochea piensa que aún es posible hacer más por los ancianos, incrementar la cantidad de actividades para estimularlos a vivir.
Es dura la vida de muchos ancianos, es grande el reto de enfrentar la existencia, cuando ya las fuerzas físicas y mentales de un ser humano no son las mismas de antes. Pero la vida tiene un valor incalculable a cualquier edad. Y ahí están mujeres como María del Carmen, a la que muchos quieren bien en verdad, inmensa en el oro de su oficio y su virtud, para siempre recordarles a los otros, cuánto de amor y belleza es posible repartir, aun en medio de cualquier adversidad.



