Cuando apenas contaba 24 años, el trovador Amaury Pérez Vidal preguntó al escritor Roberto Fernández Retamar qué poemas de José Martí le parecían más apropiados para convertirlos en canciones.
Retamar, martiano por excelencia, le sugirió visitar la poesía y la prosa que escribió el Apóstol, cuando contaba la misma edad que el autor de Acuérdate de abril.
De este proyecto, en colaboración con Mike Pourcel y otros músicos cubanos, surgiría el disco más sentido –un clásico que escucho una y otra vez sin aburrirme– del trovador recientemente galardonado con el Premio Nacional de Música.
En mi modesta opinión, fue Poemas musicalizados de Martí su mejor disco, pues supo el artista arropar brillantemente, desde el pentagrama, poemas y textos extraordinarios como Aurora, Rosario, Carmen, Cartas de España, entre otros.
Siempre he admirado la intensa musicalidad de cada texto escrito por Martí, desde los de más sencillo vuelo poético hasta los más filosóficos o complejos, para dar a entender los secretos y realidades de la economía, la política y el patriotismo.
Y esta musicalidad, este gusto infinito por la palabra exacta, esta belleza que irradia siempre su pluma, sirve con igual elegancia para hablar del amor a la patria, a la mujer, a un niño, a un amigo, a un país hermano o uno prepotente, o al sabor del jugo de una naranja agria que le calmó la sed en medio de fatigosa caminata por las lomas. Todas quedaron como ejemplo dentro de mí y de otros periodistas y escritores de la lengua, afanados en que sus palabras para la imprenta y demás medios, llegaran a los hombres de manera transparente, armoniosa y sabia.
Martí es nuestro más grande escritor. Y de paso, es el más sabio de todos. No se propuso ganar tal mérito nunca. Un hombre de su talla jamás se propondría semejante competencia con nadie.
No escribió con tinta, escribió con su sangre, cuando estuvo feliz o cuando estuvo roto en mil pedazos.
Midió el impacto de cada palabra. Prefirió elogiar que atacar. Aunque supo dejar frases duras contra una España soberbia y retardataria y contra “amigos” y traidores capaces de amargarle la bondad del corazón, fue en esencia, y hasta el fin, un hombre bueno, sin dobleces, sin ninguna diferencia entre el hablar y el hacer.
¿Objeto de manipulación por tirios y troyanos? Sin dudas, debo responder. Es el precio que paga el genio cuando cae su obra en manos inescrupulosas. Pero al cabo, el genio sobrevive por los siglos de los siglos. Los manipuladores van a la muerte de modo irremediable y sin dejar en la tierra una gota de memoria, por más de cinco días más allá de su entierro.
Digo siempre que Martí debe –y merece– ser leído sin fatuos intermediarios, debe ser interpretado desde su obra, sus textos y poemas, no desde frases suyas colgadas en Internet o en murales.
Era yo más joven que Amaury cuando pude escuchar aquel disco fantástico, uno de mis favoritos, cuando supe de un futuro Apóstol que en sus tiempos veinteañeros, amaba intensamente como cualquier común, pero la gracia y desgracia de su pasión la contaba como muy pocos la sabían contar.
Fino, intenso, delicado, natural… Así llegó su verbo hasta mí y para siempre dentro de mi persona se quedó.
Y otra vez lo escuché arroparse en los labios de Joseíto Fernández y Sara González, en las notas de Julián Orbón, en las voces del norteamericano Pete Seeger, el italiano Sergio Endrigo y en la de Pablo Milanés.
También en las de muchos que un día bebieron hasta saciarse de la prosa y el verso de un hombre universal, que lograba escribir, con igual sinceridad, “el enemigo solo ha de oír la voz de ataque”, o “amor cuerdo no es amor”.

