En uno de los pasajes más hermosos de su célebre novela Cien años de soledad, Gabriel García Márquez dice por intermedio de uno de sus personajes: ¨El mundo habrá acabado de joderse el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura lo haga en el vagón de carga¨.
Los escritores mexicanos y cubanos que a partir de hoy nos metemos de lleno en las intensas bondades, eclipses y desasosiegos de la Ciudad Letrada lo sabemos perfectamente bien: la literatura salva y debe ser salvada siempre, estar en el lugar honorable que merece desde tiempos inmemoriales, cuando el papel o la imprenta eran palabras de impensable presencia en cualquiera de las mentes más avanzadas de entonces.
Los escritores nunca admitiremos la literatura en el vagón de carga, nunca la veremos como un subproducto a cubrirse de telarañas en un mundo donde los libros parecen tornarse, a veces, en cenicientas piezas de museo.
A tono con el Encuentro Internacional de Escritores De México a Artemisa: un Puente de Palabras, evoco una hermosa historia, salida de la pluma del escritor mexicano Jorge Volpi.
Contaba Volpi que un buen día los libros desaparecieron de la faz de la tierra hasta no dejar ni el más mínimo rastro de su existencia. Siglos después de esta desaparición, un hombre vivía en un caserón bajó por casualidad a sus lóbregos sótanos. Allí encontró unos objetos polvorientos y los abrió de par en par. Leyó entonces algo de su contenido y, muy nervioso, regresó a su habitación.
Seducido por el hallazgo perdió completamente el sueño y retornó de nuevo al lugar. Pero esta vez permaneció más tiempo. Al cabo, no obstante, salió en estampida. Sin embargo ya no tenía salvación. Aquellos objetos lo habían deslumbrado y cautivado para siempre. El hombre había vuelto a descubrir los libros.
Nosotros, escritores de México, Cuba, y del mundo, ya los descubrimos hace un buen rato y no dejaremos jamás que viajen en el vagón de carga ni acaben en el frío sótano de la desmemoria.
Jorge Luis Borges, el grande y polémico autor argentino, siempre imaginó el Paraíso con la forma de una biblioteca. Bella forma de imaginar lo tantas veces imaginado.
Alguien aseguró una vez que los escritores existían porque su vida personal no les resultaba suficiente y por ello les era preciso imaginar nuevas vidas, nuevas ciudades, nuevas historias
Confieso que ser escritor –y en esta verdad me acompañan muchos de ustedes-, ha sido la mayor y mejor aventura de mi vida.
Doy gracias a la naturaleza, a Dios, a mi país, a miles de autores, amigos y familiares, por haber contribuido a este milagro tan hermoso.
De México nos ha llegado siempre lo mejor de sus letras, desde el Popol Vuh hasta narradores contemporáneos de tanto calibre como Enrique Serna, pasando por la imprescindible Sor Juana Inés de la Cruz, Mariano Azuela, Alfonso Reyes, Agustín Yáñez, José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Elena Poniatovska, Efraín Huerta, Carlos Monsiváis, Ángeles Mastretta, Laura Esquivel…y otros muchos que harían este listado sencillamente interminable.
El México hermano siempre, el México lindo y querido que nos llegó en la voz de Jorge Negrete, el del cine de Buñuel, el Indio Fernández y Cantinflas, el de los grandes muralistas y Frida Kahlo, también es el México ha venido a compartir con nosotros, autores de la provincia artemiseña, y en especial de Caimito, en las sesiones de un Encuentro que, además de luminoso, será digno de volver a repetirse.
Sobran ya las palabras. Bienvenidos, pues, queridos escritores mexicanos. Bienvenidos todos en general a esta maravillosa fiesta de la palabra.



