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Diario de la comunidad artemiseña
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Home Opinión

Asunción de una Isla

Yemmi Valdés by Yemmi Valdés
3 junio, 2026
in Opinión, Portada
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asuncion-de-una-isla-ia

Ilustración elaborada con ayuda de la IA

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Si las certezas llenan el alma humana de manera inequívoca, entre los vacíos más absolutos para nuestra especie, debe pesar, valga la ironía, cual loza gigantesca, el desarraigo.

Debe, así lo dejo, porque no todos sentimos y pensamos igual. La exclusividad es un derecho, pero que triste la singularidad del desapego a lo que forma parte de nuestra esencia misma.

Hay quien hasta lo vuelve romántico en frases como: “La Patria no está allí donde se nace, sino donde todos los intentos de huir, cesan”.

Aquella percepción de que “el hogar está donde estás bien con tu familia”, y nada más importa. Pero la noción de pertenecer a un lugar, ese deseo de poseer un sitio para el refugio del espíritu, ese sentimiento certero del regreso a casa como suerte de bálsamo, no tienen comparación.

Hay quien se toma el desarraigo como confirmación de una postura práctica ante la vida, ¡cuán triste pragmatismo! Entonces te preguntas si es por eso que algunos pretenden resolver con bombas la crisis económica del país, la Isla que también es de otros y no solo suya.

Tiene que pesar el desarraigo en esa posición, de otro modo no se entiende. Y algo más lamentable todavía es que algunos pongan como argumento justamente la preocupación por la tierra que los vio nacer y el ánimo de la libertad sobre su suelo.

Es tan dura la guerra psicológica que se nos hace, que ya se perdió la idea del mal y del bien y los límites que los definen, como resultado de un fenómeno de enajenación masiva.

Arraigo y desarraigo se confunden o se manipulan al ritmo de la desesperanza y el cansancio.

Me atrevo a citar a Abdala sin temor a que parezca lugar común por repetido, justo le invoco desde el respeto a la gallardía de aquel adolescente que lo escribió con todo el tino, porque la necesidad de expresarlo le estallaba dentro.

Que quede clarísimo cada día de este mundo, que el amor a la Patria no es el amor ridículo a la tierra, porque no es el punto ni lo será.

La clave es lo que ella te aportó para ser quien eres, las circunstancias que te hicieron ser, todo el proceso de la existencia marcada por un contexto para nada casual.

No hay que explicarle a nadie que la Patria es la familia, los amigos, el barrio y las escuelas donde crecimos, los lugares donde hicimos recuerdos que pueblan para siempre la memoria, los cuentos que nos provocan risas o lágrimas, el código de una forma de hablar que solo nosotros entendemos, el origen de nuestros genes y el de la descendencia que tendremos.

El efecto Patria es también el pacto con la alegría al margen de los problemas. Una forma de amar única por la intensidad, la grandilocuencia, la bondad.

¿Cómo atentar contra cosas tan sublimes por mucho que escasee el pan? Cada uno de nosotros y nuestra colectividad, la idiosincrasia, el modo de actuar que nos define, esa cubanía que enarbolan tantos y a la que sí es muy raro que renuncie alguno; todo es resultado de la historia vivida en este lugar. Ya sea la propia o la de nuestros antepasados.

Negar la importancia de la Patria o la influencia de ella en cuanto somos, es como negarnos a nosotros mismos.

Hablar en nombre de ella justo ¿por amor?, procurar daños en sus entrañas mismas y a riesgo de la vida de sus hijos: disparate total.

Te encuentras con todo tipo de opiniones al respecto, quienes no creen en símbolos, ni en próceres, ni hitos para el orgullo. Quienes justifican el desarraigo con la búsqueda de la prosperidad y les cuelgan el matiz de incompatibles, se oyen y se ven teorías que asustan.

Mírate allí en el espejo de quien no está y siente la amargura no solo de alejarse, ponte sus zapatos porque es muy seguro que muchos días habrá pensado que ya no pertenece a ninguna parte. Me lo han dicho y lo sé sin haberlo vivido. Imagina un poco lo insulso que sabe el mundo esos días de desencuentro con la persona que eres y reconoce que hay un único lugar donde recuperar la armonía.

Cuidemos este sitio sagrado para que cada uno de nosotros siga encontrando certezas aun en medio de un tiempo duro, que no da respiro y sobre el cual se construye caos y se deconstruye a diario.

Pero si no amamos y respetamos lo que hemos sido, si no nos aferramos a la fe de andar mientras quede alguna fuerza, si cedemos cada vez más espacio al vacío que es el desarraigo, pues no habrá donde regresar para sentirnos renovados.

Y el ser humano necesita hogar para el regreso, necesita el alivio, la emoción al poner los pies sobre el refugio que es lo suyo. La pasión es importante para vivir y el arraigo es la pasión por las circunstancias que te moldearon.

Algún cineasta puso en el punto clímax de su guion que -un hombre puede cambiar de país, de pareja, de opinión, cambiar su aspecto, los deseos, las reglas, desaparecer, cambiar absolutamente todo, pero un hombre jamás podrá cambiar de pasión-. Es una paráfrasis de la reflexión que hizo clic en la reacción definitiva de Benjamín en el filme argentino El secreto de sus ojos, para encontrar al culpable.

Te invito a que asumamos juntos esta pasión compartida, desde tu punto de vista, pero que ella nos una en el propósito de salvarnos y salvarla a ella, a Nubia. Si Martí adolescente reconoció tan temprano una pasión así de genuina, tengamos la vergüenza de asistirle con la razón y la cordura.

Tags: cubaCubanospatriotismo
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