Uno nace en Artemisa o llega a ella, y pronto siente que algo grande se mueve bajo sus pies. No es solo el rumor de la tierra fértil o el aire que baja de las montañas más altas del occidente cubano. Es que esta provincia, la más joven del mapa, guarda en su mochila una colección de récords que dejaría boquiabierto a cualquier cubano desconocedor.
Aquí, por ejemplo, está la parte más estrecha de toda la isla. Tan delgada que parece que Cuba quisiera hacer una pausa antes de seguir. También está la mayor elevación montañosa del oeste: el Pan de Guajaibón, centinela de nubes. Y para los amantes de la hidrografía, la mayor cuenca endorreica del país, esa rareza donde los ríos no corren al mar, sino que se encierran en sí mismos, como un secreto.
Pero no acaba ahí. Bajo la tierra, Artemisa comparte la mayor reserva de agua subterránea de Cuba. Sobre ella, la primera Reserva de la biosfera declarada por la UNESCO en todo el Caribe. Números, datos, medallas invisibles que deberían llenarnos de orgullo. Sin embargo, algo falta.
Si usted recorre las calles de Güira, San Cristóbal, Bahía Honda o la propia cabecera, notará algo curioso: mucha gente aún no se siente del todo artemiseña. Antes eran habaneros o pinareños. La provincia es joven —nacida en 2011— y el alma colectiva tarda más que los mapas.
A diferencia del resto de Cuba, aquí los pueblos no se alinean a lo largo de la Carretera Central como un collar. Artemisa es más bien un semillero: ciudades dispersas, de entre 30 y 45 mil habitantes, que surgieron en el siglo XVIII y XIX. Eso nos da diversidad, pero también fragmentación. Y duele, porque la historia nos ha dado sobradas razones para sentirnos únicos.
Por estas tierras, durante la colonia, se instaló el cuartel de aclimatación de las tropas españolas. Aquí el Generalísimo Máximo Gómez burló al enemigo en la Trocha de Mariel a Majana durante la invasión a Occidente. Aquí cayó a caballo, con el sol en la cara, el General Antonio Maceo. Aquí se fundó, junto a La Habana y Manzanillo, el primer Partido Comunista de Cuba. Y de estos mismos campos salieron los más valientes para asaltar el Moncada. ¿Acaso no es suficiente?
Luego están los nombres propios: Rubén Martínez Villena, el poeta rebelde; Antonio Núñez Jiménez, el geógrafo andariego; Carlos Baliño, el revolucionario incansable; Rafael Trejo, el estudiante mártir; Silvio Rodríguez, el trovador que sigue cantándole al mundo; María Teresa Vera, la voz que enseñó a sentir el son; Polo Montañez, el guajiro que se volvió leyenda. Y tantos otros artistas, deportistas, militares… Con todo ese linaje, ¿cómo no vamos a sentirnos orgullosos?
Pero la identidad no se hereda sola: se siembra cada día. Y Artemisa tiene herramientas para hacerlo. Aquí está la única escuela de Cine y Televisión de Cuba, internacional y prestigiosa. El único museo del humor gráfico. Una bienal que convierte a un pueblo en capital de la risa inteligente. Un orquideario de los más bellos, y hasta una presa para canotaje de alto rendimiento.
En lo económico, la provincia ha sido un pulmón para el país. Con solo el 6 % de las tierras arables, llegó a producir más del 20 % de los alimentos nacionales. Frutas, viandas, tabaco, huevos, carne de cerdo, miel. Además de la industria textil, cemento, ensamblaje de ómnibus, energía. Eso sin mencionar el puerto más grande de Cuba.
Sin embargo, el alma no se llena solo con producción. Hace falta contar más nuestras leyendas: el Kin-fuiti que espanta en Quiebra Hacha, el Indio Cajío que adoran en Playa Cajío, el Magino-Arará que susurra en Harlem, los Acuáticos que emergen en Machuca. Esas historias también son Artemisa.
Por eso este portafolio, estas crónicas, estas páginas de el artemiseño quieren ser un espejo. Porque para querer un territorio primero hay que conocerlo. Y Artemisa tiene tantas cosas únicas que, si las contáramos bien, nadie dudaría jamás de su identidad.
No se trata de inventar un sentimiento. Se trata de despertarlo. Los jóvenes periodistas, historiadores locales, maestros, músicos, humoristas… todos podemos ayudar a que cada artemiseña y artemiseño asuma su identidad sin prejuicios. Porque quien sabe lo que tiene, lo defiende. Y quien lo defiende, lo quiere. Artemisa no es una provincia nueva esperando su alma. Ya la tiene. Solo hace falta que cada uno la mire, la reconozca y la cuente.
Así es Artemisa: un mapa de extremos, catálogo de primicias, verso largo donde caben la montaña y la leyenda, el héroe y el campesino, la risa y la lucha. Decían los antiguos que el carácter de un pueblo se forja en sus singularidades. Si eso es cierto, cada habitante de la Diosa de Occidente tiene con qué sentirse único.





