Por estos días pululan los episodios violentos en las redes sociales. El grotesco espectáculo lleno de morbo, da visibilidad a robos, asesinatos y la circulación de imágenes de personas que deciden “hacer justicia” por su cuenta. Muchas de estas imágenes se generan desde nuestro país.
La violencia, donde quiera que se ejerza, debe ser repudiada y es una situación que debe encender todas las alarmas de la conciencia social. No se trata solo de hechos aislados ni de una suma de delitos: estamos ante señales de un deterioro del clima ciudadano que hiere la convivencia, rompe la confianza entre vecinos y empuja a la sociedad hacia terrenos cada vez más peligrosos.
Cuando el miedo se instala, la respuesta instintiva suele ser la ira. Y cuando la ira sustituye a la ley, la sociedad entra en un terreno resbaladizo, donde cualquiera puede convertirse en víctima o en agresor. Las escenas de pobladores sometiendo a presuntos ladrones por la fuerza, no pueden ser vistas con complacencia ni como una solución “efectiva”. Son en realidad, el síntoma de una fractura más profunda: la impaciencia ante la impunidad y, sobre todo, la tentación de sustituir las instituciones por el impulso colectivo.
Normalizar esas conductas es un error gravísimo. La violencia, incluso cuando se presenta como reacción, deshumaniza. Convierte el dolor en espectáculo, el castigo en revancha y la sospecha en sentencia. Hoy es un supuesto delincuente; mañana puede ser un inocente, un confundido, un adolescente, un vecino señalado por error. Allí donde la turba decide, desaparecen las garantías mínimas que protegen a todos. Y una sociedad que acepta eso, empieza a renunciar a su propia condición humana.
No puede olvidarse que la seguridad ciudadana no se construye con linchamientos simbólicos ni físicos, sino con instituciones que funcionen, con prevención, con investigación rigurosa, con justicia oportuna y con una respuesta social que no abandone la empatía.
La imagen de un país seguro, no es producto de la casualidad, es una labor de años. Nuestro país cuenta con instituciones encargadas de controlar, educar, corregir e impartir justicia. El combate contra el delito exige firmeza, sí, pero también legalidad. Exige autoridad, mas una autoridad respaldada por la confianza pública y no por el miedo.
Resulta doloroso que la precariedad, la tensión cotidiana y la sensación de vulnerabilidad estén empujando a algunos a actuar desde el desespero.
Sin embargo, precisamente en esos momentos es cuando más debe apelarse a la cordura. La convivencia no se salva destruyendo al otro, sino defendiendo los valores que nos permiten seguir reconociéndonos como comunidad.
Sobre el tema, el escritor Issac Asimov sentenció: “Nos acostumbramos a la violencia y esto no es bueno para nuestra sociedad. Una población insensible es una población peligrosa”.
Hagamos un llamado a la cordura, a la mejor gestión y prevención de las fuerzas del orden. Trabajemos porque no se pierda la brújula moral: la violencia no corrige la violencia, la multiplica.
Por eso, frente al delito, frente al enojo legítimo y frente a la angustia de la gente honesta, la salida no puede ser otra que confiar en las autoridades, exigirles resultados y respaldar las vías legales. Solo así podrá evitarse que el miedo termine imponiendo una forma de vida más dura, más injusta y menos humana.

