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Diario de la comunidad artemiseña
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Home Artemisa

Rostros del Harlem: una identidad que se niega a morir

Saylis Gabriela Mena Suárez by Saylis Gabriela Mena Suárez
22 mayo, 2026
in Artemisa, Portada, Reportajes
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Rostros del Harlem: una identidad que se niega a morir

Cada rostro del central Harlem resulta imprescindible para mantener viva una identidad que poco a poco se ha consolidado en estos primeros 15 años / Fotos: Otoniel Márquez Beltrán

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Quien llega al central Harlem, en Bahía Honda, espera encontrarse con una industria detenida. La crisis energética, la falta de combustible y la sequía han paralizado la molida. Pero lo que realmente se respira aquí es otra cosa: un pulso antiguo, hecho de fidelidades heredadas, de nombres que se repiten en cada pasillo y de una certeza compartida: mientras haya alguien con sangre azucarera, ese lugar no se apaga.

Los rostros que sostienen Harlem no son nuevos. Lo que los mantiene en pie es un vínculo más profundo que ellos mismos definen como “la razón de ser”.

“Esto se lleva en la sangre”

Juan Miguel Portales Álvarez creció a 600 metros del central. Su padre manejaba un tractor, sus tíos trabajaban en los talleres, sus hermanos también están aquí. Lleva 33 años en la industria, 18 como director técnico, pero no se nombra a sí mismo sin antes nombrar a los suyos. “Desde 1864 esto funciona. De generación en generación. Bisabuelos, abuelos, tíos, sobrinos, hijos, hijastros, primos, todos nos hemos mantenido aquí”, explica.

Él comenzó como electricista. Fue electricista de turno, jefe de área, energético, jefe de producción, jefe de mantenimiento. Cada ascenso fue un peldaño escalado dentro del mismo central. “Yo soy azucarero desde que nací”, dice con una convicción que no necesita énfasis. Para él, Harlem no es una central más, es la prolongación de su casa, su apellido, y su pertenencia al municipio.

Cuando alguien le pregunta qué significa el central para él, responde sin titubeos: “Es la vida de este municipio y de nosotros también. Somos bahiahondenses, cubanos, vivimos en Harlem y defendemos esto a cualquier precio».

Aunque su oficina tiene las condiciones necesarias para permanecer todo un día detrás del buró -como muchos-, él prefiere que lo encuentren en el área de calderas, supervisando con la misma minuciosidad
con que lo haría cualquiera de sus subordinados. “Esto funciona por el amor que le tenemos”, repite mientras señala las instalaciones que conoce desde niño.

El regreso de los jóvenes

Yenis Giselle Maceo Pérez tiene 31 años. Podría estar ejerciendo su título de ingeniero agrónomo en cualquier otro lugar; sin embargo, eligió volver al central. “Al principio fue aterrador”, admite. “Para un joven que comienza con 23 años, es como si te enfrentaras a un monstruo. Pero cuando le conoces las entrañas, las cosas se van achicando”.

Su historia es la de muchos que se fueron a estudiar y regresaron porque aquí está su origen. No es hijo de azucareros -es el primero de su familia en la industria-, pero se formó dentro, aprendió los códigos, y hoy es almacenero en la Empresa de Insumos del Central. También fue químico, técnico comercial, especialista contable. Su paso por la empresa le ha permitido recorrer todas las áreas. “Mi aprendizaje ha sido bastante amplio. Me ha formado como ser humano y profesionalmente”.

Lo que representa para el central, dice, es la continuidad. Sabe que su generación es una de las pocas que ha decidido quedarse. “Hay pocos muchachos. Los que estudian, los que no, muchos se van. Pero aquí hay un grupo que vive de esto y para esto”. En sus palabras, el central aparece como un espacio de
formación y de identidad: “He visto pasar varias generaciones, también las nuevas canteras. Es lindo ver la pasión que siente cada una de las personas que forman parte de este sitio».

Su mayor preocupación respecto al central -manifiesta- es que Harlem “quede para la historia”. Cuando imagina el futuro, lo hace con la esperanza de que “sea un coloso en sus mejores momentos”.

Las mujeres que sostienen el turno

Milagros Blanco Sosa lleva 32 años en el central. Comenzó en los ochenta, cuando las zafras alcanzaban récords en toneladas de azúcar. Hoy, pesa la caña en el centro de acopio y, cuando hay molida, hace guardia. Su rostro es el de la experiencia acumulada.

Los recuerdos no la vuelven nostálgica inactiva. Milagros está aquí, en medio de la paralización, cuidando que nada se pierda. Para ella, el central representa la herencia familiar. “Mi mamá fue oficinista de este centro, mi papá trabajó en la construcción, casi toda la familia ha pasado por este lugar que tanta historia alberga”.

Milagros busca alternativas para mantenerse activa en el espacio que para ella representa la herencia familiar.

Caridad Aurora Conde Sandoval, cocedora y jefa de turno cuando se hace meladura, lo resume en una frase: “Sin el central no somos nadie”. Ella ya podría haberse retirado, pero no lo ha hecho porque ama lo que hace. “Me gusta el ritmo del azúcar, cómo se hace, la meladura espesa, el olor”. Su pasión no es heredada, ella y su hija son las primeras de la familia en la industria, pero la ha hecho suya con tal fuerza que hoy es una de las voces más autorizadas dentro de la fábrica.

Caridad Aurora es de las siempre necesarias, de esas que lo dan todo por el Harlem solo para que no desaparezca la mayor industria de la localidad.

En el área de calderas, otra trabajadora, Yanelis Correa Roibal -técnica en Termoenergética azucarera con casi 30 años de servicio- observa los condensadores. “Esta es mi razón de ser”, dice sin dejar de mirar los manómetros. Llegó al central en 1996, primero al despalillo, luego al laboratorio, desde 2011 frente a la tarea técnica. “Si quitan este pedacito —señala el conjunto industrial—, Harlem (pueblo) no es Harlem”.

Desde el 96 está Yanelis en el central y, casi tres décadas después, el Harlem se mantiene como una de sus razones de ser.

Un central que es dos provincias

En 2026, Artemisa celebra 15 años como provincia. Antes, Harlem era pinareño. Para muchos, ese cambio aún no termina de resolverse en la identidad. Milagros lo dice con honestidad: “Mi criterio, cuando pertenecía a Pinar, me sentía mejor. Las condiciones estaban mejor”. Caridad, en cambio, lo siente de las dos formas: “En las dos etapas ha funcionado bien”. Juan Miguel Portales es categórico: “Yo soy pinareño, pero desde 2011 también soy de Artemisa».

El futuro que llevan en los brazos

A pesar de las dificultades actuales, los rostros de Harlem mantienen una determinación común. Milagros lo expresa con una imagen que resume la identidad en su forma más pura: «El central va a salir adelante. Para que funcione, para que no lo cierren, para que esto no sea un pueblo muerto”.

Juan Miguel habla de proyecciones concretas: «La intención es sembrar alimentos, apoyar en instalación de paneles solares en hospitales y bancos, aprovechar la capacidad física y técnica de nuestros trabajadores, reinventarnos para, de alguna manera, aportar nuestro grano de arena en este país que es de todos».

Giselle, el más joven de los entrevistados, lo dice con la mesura de quien ha decidido apostar por su tierra: “Cada experiencia que he vivido aquí, las que me quedan por vivir, el amor que se siente por este terruño y el orgullo de que sea parte de nuestra identidad, es también lo que tendremos para contarle a las nuevas generaciones».

Afuera, el sol cae sobre el andamiaje de hierros y piezas, pero adentro todavía hay manos que ajustan una válvula, revisan un motor, limpian un área. Son los rostros que no permiten que Harlem desaparezca. No porque sean héroes, sino porque, para ellos, dejar de ser azucareros sería dejar de lado su historia.

Así, entre calderas que esperan y manos que no olvidan, Bahía Honda -territorio heredado de Pinar del Río- se sostiene como un sitio de identidad doble: pinareño de origen, artemiseño por destino. Quien camina hoy por Bahía respira aún el aroma de un Pinar del Río que lo formó, pero levanta la mirada hacia la Artemisa que lo cobija.

En esa dualidad —ni nostalgia pasiva ni renuncia forzada— sus habitantes han encontrado una verdad más poderosa que cualquier línea divisoria: la identidad no se impone, se hereda en los gestos, en los apellidos que se repiten por generaciones, en la certeza de que el central Harlem late con dos pulsos que son uno solo. Porque ser bahiahondense quizás es también eso: llevar en la sangre el tabaco de Pinar y el surco de Artemisa, y con esa fuerza, plantar el futuro donde otros solo ven ruinas.

Tags: artemisacentral azucareroHarlemidentidad artemiseñareportaje
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