En este viaje, el lente del fotorreportero no buscó el destino final, sino las pequeñas estaciones de vida que lo sorprenden a la orilla de la carretera.
El verde, ese protagonista absoluto del paisaje artemiseño, lo inunda todo. Entre la vegetación espesa, la mañana despierta con la imagen de dos niños que caminan de la mano por el borde del camino, con la seguridad de quien conoce su tierra y el paso firme de la inocencia.
Más adelante, el aroma del café recién hecho detiene el tiempo. Es el trabajo de una mujer que ofrece una taza humeante, recordándonos que el camino también es pausa y encuentro.
Pero la ruta también habla de esfuerzo y de espera. En las paradas, los rostros de quienes aguardan por un transporte —maestros, alumnos, trabajadores— reflejan la paciencia compartida de un pueblo que no se detiene a pesar de injustas sanciones.
Mientras tanto, bajo el sol inclemente, el sonido rítmico de la chapea marca el compás de la jornada.
No son solo paisajes; son los hilos que tejen la identidad de Artemisa. Un viaje que nos enseña que, entre el verde y el asfalto, lo más importante siempre es la gente que lo habita.










