Ni por casualidad ni por obligación. La preservación de la tranquilidad ciudadana y el cuidado de la propiedad personal, familiar, de la comunidad o del estado; tienen que ser en estos tiempos un acto consciente y de convicción. Vivimos momentos difíciles en el país. Está probado más de una vez como no faltan los que ayudan a empeorar el contexto y piensan que a río revuelto, ganancia de pescadores.
Son casi siempre los mismos, los que menos aportan a la sociedad, los de acceso fácil a la cantina y al tiro de cerveza. Actúan envalentonados y violentos, al amparo de la inconformidad, sujetos al supuesto derecho de poder romper o apropiarse de lo ajeno y ensañarse con los símbolos, con las instituciones y sus veladores.
Y que conste: no me refiero a los inconformes, a los que carecen de casi todo lo elemental para vivir, emiten criterios respetuosos al respecto y sugieren cambios que no admiten más demora, de los cuales conoce y por los que trabaja el estado cubano. Me refiero a los oportunistas, a los que podemos identificar de antemano, pues no dejan de aprovechar al máximo las circunstancias que se le presentan –laborales, familiares, sociales– para sacar de ellas el mayor beneficio personal y posible.
En la actual coyuntura política que vive el país, por desgracia no son pocos los que sacan partido de la situación económica, para agenciarse unas monedas, una motorina, una visa o sencillamente congraciarse a como dé lugar con algún manipulador con el propósito de mantener o superar su estatus, sin tener en cuenta ni la más mínima norma de comportamiento, ni principio ético.
Estos inescrupulosos son capaces de llegar al punto de robar, incendiar, matar y después culpar a otros de las causas del siniestro. La principal arma contra ellos es la prevención y la vigilancia, reducir cada vez más los espacios desentendidos.
La capacidad de acción del oportunista es inversamente proporcional a la organización, el sentido de pertenencia y la responsabilidad de los demás. Esa especie sutil y egoísta, actúa con más facilidad cuando se le abren las brechas del descuido, la apatía y el desinterés.
Se impone entonces, a todos los niveles, en el barrio, en la familia, en el ámbito laboral y hasta en el plano más personal, planificar e implementar acciones para evitar que se asienten y acomoden las colonias de depredadores del bienestar del pueblo.
En el plano laboral, teletrabajo no quiere decir olvido y abandono del espacio institucional. Hacerlo desde la casa no puede implicar la ausencia de vínculo con el puesto de trabajo. Quienes se desempeñan laboralmente desde la casa, tienen la responsabilidad moral
de continuar velando por la integridad del inmueble y de los medios a su disposición. No hay por qué esperar al llamado. Son también responsables de que se les convoque a participar en acciones para garantizar su salvaguarda y cuidado, sea en guardias obreras o en otras variantes de prevención.
Lo mismo debe ocurrir en el barrio, en la comunidad, donde han de ponerse en práctica medidas encaminadas a preservar la tranquilidad, el orden público, la propiedad particular y los bienes del estado. Es la hora de demostrar que se puede accionar con iniciativas nuevas, a partir de las estructuras de los CDR, con el apoyo de otras organizaciones y factores de la comunidad.
Corresponde a sus funcionarios, dirigentes y cederistas ir ahora más allá de las donaciones de sangre, de la recogida de materias primas, de los barriodebates y del crecimiento de la membresía; como ocurrió en tiempos de combate a la Covid 19 cuando cada CDR fue herramienta eficaz de combate a la pandemia.
No podemos dejar toda la responsabilidad a la policía y a los tribunales, ni creer en las sanciones como soluciones definitivas. No se trata tampoco de santificar los ejercicios de vigilancia. La mayor seguridad y el sueño más reparador se garantiza con el cierre de oportunidades a lo mal hecho. La clave es cuidar y prever, para evitar que levanten cabeza vándalos y delincuentes.



