Quizás unos meses atrás hubiera conocido a Yosmeny Pérez Arencibia detrás del timón de su tractor, surcando las tierras cañeras de la Unidad Básica de Producción Cooperativa Blanca Arena, en predios de Bahía Honda, uno de los tres municipios montañosos de Artemisa.
Sin embargo, esa mañana cuando el sol rajaba las piedras, él enrumbaba cuesta arriba y abajo, después de enyugar a Carbonero y Azabache.
“Tuvimos que unir otra yunta, la de Resplandor y Guapetón del boyero Juan Miguel Silva Hernández. Esta tierra en secano se pone súper dura y el arado no trunca tan fácil”, comenta con el sudor a flor de piel, mientras agarra fuerte la soga e indica a los animales –a fuerza de sabiduría– el camino de retorno para alejarse otra vez de la orilla.
Entre surcos y verdades
De las 1 375 hectáreas (ha.), propiedad de la cooperativa, tienen plantadas 937 de caña. En los últimos meses solo han podido enviar a la industria, poco más de mil toneladas (t) de la gramínea quedada de contiendas anteriores, porque el central cercano no ha estado en zafra.
“Este 2026, al menos acopiamos en función de producir meladura: el único menester de la industria Harlem. La cosecha fue a mano. Una brigada de 35 hombres asumió el corte, considerado casi una hazaña, pues tanto como caña cortaban marabú.
“Si no se cuenta con los herbicidas necesarios la plantación se contamina, y aunque logramos un rendimiento de 54 t/ha., dentro del campo la tarea ha estado espinosa, cuenta Juan López Hernández, un cincuentenario del sector azucarero, que con 74 años aún está amarrado al surco.
“Yo he pasado por todos los procesos entre caña y azúcar. Nací en esta zona de Blanca Arena, nombre del consejo popular donde está enclavada la cooperativa.
Mis diez hermanos y yo crecimos en guardarrayas, viendo cómo los plantones de caña crecían en torno a edificios, escuelas, consultorios del médico y la enfermera de la familia, y otras obras sociales por estos lares”, reseña.
Explica, además, que “la actividad productiva más enraizada en esta región ha sido la zafra azucarera, de ahí que todas las familias tengan relación con la UBPC Blanca Arena, constituida desde el 1 de julio de 2021”.
“Hoy somos 121 cooperativistas. ¿Todos en función de la caña? ¡No! Aprendimos que si no nos diversificamos podemos desaparecer, por ello aquí hay caña, pero también un módulo porcino, cultivos varios, hortalizas, vegetales, arroz y otros granos, e incluimos algunos surcos experimentales para lograr semillas de girasol, ajonjolí y maní”, argumenta Leonardo Almeida Pita, al frente de la cooperativa desde marzo de 2023, cuando la recibió con pérdidas.
“¡Nada es fácil!”, insiste. Yo mismo desando casi nueve kilómetros a pie para llegar a la UBPC. Vivo en otro distante consejo popular de Bahía, Orozco. Y los ajetreos de comercialización o de documentos con el banco u otras entidades, los hacemos a caballo. No hay de otra”, dice con la naturalidad de quien asume el desafío.
“Tenemos cómo completar la mesa de nuestras familias con lo que producimos acá. Mientras la yuca se comercializa en otros puntos del municipio a 100 pesos, aquí se les vende a los trabajadores a un cuarto de esa cifra, o a menos.
“Y como pensamos en grande, queremos emprender otro proceder: sacarle aceite vegetal a algunas cosechas que sirven para ello. “Estamos dispuesto a generar ingresos de todas las formas legales posibles.
Tenemos hasta un verraco, cuya monta la cobramos a los lugareños a 1 500 pesos, estando a casi 4 000 en casas particulares. Le hacemos la competencia, y tomamos ventaja”, refiere.
Metidos en la pelea
Un solar yermo detrás de la parada, frente a los multifamiliares de Blanca Arena, se había convertido en un basurero infernal. Aquí desentrañamos otra de las esencias que confirman que, si el hombre sirve, la tierra también.
Caridad Rivera Casanova nos lo confirma.
“Imposible contar la basura acopiada. Pusimos límites con cerca perimetral al área de unas 3 ha. de tierra y la indisciplina frenó en seco”, asegura.
Un colectivo de solo seis obreros, entre ellos cuatro mujeres, tiñeron sobre todo de verde el sitio, con tomates, calabaza, pepinos, maíz, yuca, y hasta una parada cambió su rutina.
Ahora comercializa, en tiempo de cosechas, las producciones del lugar, explica el bahíahondense de 55 años de edad, al frente del equipo.
“Yo vivo en un edificio casi frente al huerto. Y prácticamente me paso el día frecuentando el lugar.
“Plantamos totalmente en secano, a bondad de la naturaleza. En ocasiones la lluvia se compadece, pero asumimos experiencias de otros guajiros y así promovimos una técnica que nos salió bien”, cuenta.
“Sembramos el pepino en envases plásticos de litro y medio o muy parecidos, recuperados en el propio basurero. Los cortamos casi por la mitad e introducimos la semilla.
“Eso permitía que el agua se concentrara y el ciclo vegetativo fue óptimo.
“Aunque gestionamos el autorizo para instalar una conductora y estamos en la compra de lo necesario para poder regar, de ser posible, no nos quedamos cruzados de brazos”, argumenta, en tanto recoge un pepino jimagua, que ve por primera vez en su vida, y nació entre sus surcos.
“Todo lo que cosechamos se vende al instante. Nosotros mismos, los seis de este colectivo, custodiamos el huerto. Entregamos ganancias de la comercialización a la cooperativa, pero como somos los que estamos directos a la producción, somos quienes más cobramos”, dice y sonríe.
Allí, aún se perciben los estragos del huracán Rafael el 6 de noviembre de 2024, pero se han tomado bien en serio el asunto de producir alimentos.
Amanecen con las mismas limitaciones de combustible e insumos de toda Cuba, la zona no guarda relación alguna con suelos fértiles ferralíticos rojos, pero ponen en práctica cuanta sapiencia tradicional conocen, para hacer producir la tierra. Esa voluntad frente al surco merece una medalla en el pecho.



