Los misiles cayendo desde el cielo del Medio Oriente y sobre blancos que no son simples blancos, han estado por estos días en el centro de la opinión pública internacional, quizás no con la fuerza y la claridad que debería estarlo.
Cada quien tiene el derecho de informarse según las fuentes que estime válidas, sin ignorar la variedad y mucho menos las lecturas no solo serias, sino humanas del fenómeno. Urge el pensamiento crítico alejado de lo conveniente de acuerdo a determinada militancia.
Se puede entender y podemos convivir bajo la diversidad de criterios y es cierto que la conciencia se determina por un sinnúmero de causas, experiencias, influencias y el medio; ese que no solo circunda, también cae, pesa y presiona, pero hay reacciones incomprensibles.
Están los más ingenuos o los más cínicos que creen en Trump como el hombre de las mejores intenciones, preocupado por el bienestar de las ciudadanas y los ciudadanos iraníes, así como por la paz mundial y la no proliferación de armas nucleares.
Algunos apuestan la salvación y reparación de nuestro mundo errante a una política exterior con mucho tino desde el Gobierno de los Estados Unidos. ¿Cómo llamarles?
Otros, comparan la situación actual con el fascismo del siglo XX y también consideran prudente la intervención de Donald Trump en los asuntos de Irán, casi todos bajo la misma tónica de lo que conviene creer.
Incluso cuesta entender la lógica de los más sensibilizados con la causa femenina, preocupados por las consecuencias de una religión nociva para la mujer y sus derechos legítimos. ¿Es posible defender la dignidad de las mujeres, provocando la muerte a más de 160 niñas inocentes, un día común de clases en su escuela?
Los enardecidos llaman a conocer la historia, a informarse bien, a comprender como necesario el daño colateral de una guerra pertinente para salvar del régimen a un país.
En primer lugar, desde el propio Estados Unidos se levantan voces de gobernadores, marines, analistas y funcionarios contra los recientes ataques a Irán.
En su mayoría consideran imprudente la decisión de Trump y advierten sobre las consecuencias. También desde la Unión Europea han encontrado detractores, sorpresivos si cabe, pero al fin oponentes.
Luego están los hechos inequívocos del crimen, la muerte, la barbarie, la respuesta. Países que jamás sintieron los efectos de la guerra, paraísos del lujo y el bienestar, sufren ahora de inestabilidad, miedos, cierre de espacios aéreos y previsión de caos.
Desde lejos es fácil clasificar lo justo y lo injusto, desde lejos las estudiantes de la escuela primaria de Minab les pueden parecer a algunos un daño colateral, pero no hay vueltas ni matices. Esas niñas eran hijas, familiares de personas como las mismas que justifican los ataques, desde la tranquilidad y la indiferencia, océanos de por medio.
No hay justificación para la indolencia. Lo preocupante es que el efecto de la enajenación no encuentra límites y es puro espejismo la percepción de lo cercano y lo lejano ya.
Si ahora mismo hay quien pide invasiones para su propio país, es complejo predecir hasta dónde es capaz de llegar la mentalidad del ser humano, aturdida por el fanatismo.
Duele la guerra desde todo confín, en el sitio más recóndito, duele que un niño muera en cualquier circunstancia. No puede ser que normalicemos el horror tras ciertos intereses.
Me quedo hoy con el comentario de una buena poeta, a la que nunca le fueron indiferentes los problemas de nuestra isla: “prefiero apagones y crisis en paz, que la terrible experiencia de la guerra”. Esperanza se llama, por cierto y se apellida Iglesias.
Lástima de quienes no puedan entenderlo así, porque el dolor no está tan lejos. Despertar, rectificar juntos y a tiempo, es lo que sueño.
Una mochila manchada de sangre no es un símbolo, tiene que ser la indignación, la única posible, con que el grito masivo de empatía por aquellos que sufren, se eleve para señalar la impiedad.

