Cuando la sonrisa es el ícono de un héroe, cuando “pueblo” se hizo también epíteto de su estatura, resulta inevitable figurarse a Camilo Cienfuegos como un hombre genuino en toda la expresión de la palabra y la existencia humana.
Habría que ver cuántas historias, y de qué naciones, tendrán el lujo de contar la impronta de un militar tan bravo como jovial. Hay en cada imagen de Camilo una verdad tan grande estampada en los ojos, tanta luz en el negro de todas sus miradas, y luego por todos lados, esa risa en el rostro igual de comandante que de soldado.
Cienfuegos abrazó la hazaña al frente de la columna invasora número 2 Antonio Maceo, del Ejército Rebelde, se ganó la confianza del Che, no estuvo contra Fidel ni en la pelota y a favor de los humildes puso más que la voluntad y el afán justiciero.
Como muchos, Camilo dio forma a su ideal, poniendo el cuerpo ante las balas y trascendió en paralelo, el carisma con que asumió la vida y marcó a quienes le acompañaron los días de batalla. Se encumbró sin pretenderlo entre las figuras más queridas y populares de la Historia de Cuba.
Luego la épica es más grande todavía, porque se hizo infinita su leyenda justo desde la imposibilidad del adiós, juntando los enigmas mar y vuelo. Porque al héroe de


