Bobby Fischer y Viswanathan Anand lo ubican entre los diez mejores ajedrecistas de todos los tiempos, Fischer incluso como “posiblemente el jugador más preciso que jamás haya existido”. Pero Paul Charles Morphy solo jugó por casualidad, y abandonó los trebejos a sus 22 años.
Nació en Nueva Orleans, Luisiana, en un ambiente en el que el ajedrez era el elemento típico de una reunión familiar. Nadie lo enseñó. Aprendió observando. Tras una extensa partida entre su padre y su tío, que terminó en tablas, el pequeño los sorprendió al asegurar que el tío debió ganar. Ellos ni siquiera sabían que Paul conociera las reglas o la estrategia. Sin embargo, él volvió a colocar las piezas sobre el tablero y probó su teoría.
Cuentan que el general Winfield Scott visitó la ciudad, y quiso retar a un experto jugador local. Se consideraba un ajedrecista formidable. Cuando le presentaron a su rival, pensó que se burlaban, hasta tanto comprobó el prodigio frente a él. Morphy le venció dos veces; la segunda le anunció jaque mate forzado en seis jugadas. El general se marchó y nunca volvió a intentarlo.
Algo similar le ocurrió con Johann Löwenthal, cuando tenía 12 años. El maestro húngaro a menudo había derrotado a jóvenes talentosos, por lo cual imaginaba el encuentro como una pérdida de tiempo. Unos dicen que el chico le infligió dos derrotas y hubo un empate; otros que Morphy ganó todas.
Ya graduado de Derecho, a los 20 años, aún no tenía la edad suficiente para ejercer como abogado, y se encontró sin nada que hacer. Eso lo llevó a los trebejos. Ante una invitación al Primer Congreso Estadounidense de Ajedrez en Nueva York, aceptó, ¡y ganó el torneo!, a pesar de encarar a algunos de los mejores jugadores de la época.
Entonces, fue declarado campeón de ajedrez de los Estados Unidos. En 1858, cruzó el Atlántico y venció, casi siempre con facilidad, a todos los más sobresalientes jugadores europeos, incluido el alemán Adolf Anderssen, pese al tratamiento con sanguijuelas (para un ataque de gripe), que le hizo perder una cantidad considerable de sangre.
“Gano mis partidas en 70 jugadas, pero Morphy gana las suyas en 20”, explicó Anderssen. Así que la mayor parte de Europa le aclamó como el mejor del mundo. El título de campeón mundial no existía oficialmente en esa época.
Sus anécdotas resultan abundantes: dio numerosas exhibiciones de partidas simultáneas, hasta demostraciones de ajedrez a la ciega en las que usualmente desafió y derrotó a ocho oponentes a la vez. Había vencido a todo adversario serio y era tan dominante que, a finales de 1859, dijo no jugaría más sin dar al menos el hándicap de peón y movimiento.
Morphy se ganó el cariño de todos por su buena disposición, modestia y caballerosidad. Deslumbrante y agresivo, era capaz de sacrificar la dama y dar jaque mate al oponente en unas pocas jugadas.
Prefería las posiciones abiertas porque traían éxito rápido. Tenía un entendimiento del ajedrez adelantado a su tiempo. Sabía lo correcto por intuición, al punto que se le compara con Capablanca. Habitualmente necesitaba menos de una hora por partida, por ocho o más de sus adversarios.
Algunos le llaman “El orgullo y la tristeza del Ajedrez”, porque tuvo una brillante carrera, pero se retiró del juego tempranamente y no regresó nunca más.