Mónica Vargas Rodríguez y Karla Felipe Cañer representan la nueva generación de médicos artemiseños y ariguanabenses, que laboran sin descanso en busca de elevar el bienestar de sus pacientes. Por eso reciben la mayor recompensa que pueda existir: la gratitud de aquellos a quienes cuidan y la sonrisa del niño que sana, después de la prescripción facultativa.
Al llegar a la consulta del policlínico No. 1 de San Antonio de los Baños, las encontré de guardia, en plena faena. Madres con niños escuchaban atentas las recomendaciones y el proceso a seguir después de auscultar a los pequeños y visualizar los exámenes clínicos.
Desde niña, Mónica quiso ser doctora: “Cuando tuve la posibilidad de hacerlo no lo dudé ni un segundo. Sabía que debía seguir los pasos de mi papá, especialista en acupuntura. Así mantenía lo de la medicina en la familia. Es una carrera que me fascina por todo lo que encierra. Ella te permite ayudar a las personas y eso me hace útil”
En el caso de Karla Felipe, sucede algo similar. Le encantó la carrera de Medicina desde que estaba en el preuniversitario. Aun sin tener ningún vínculo familiar con esta noble profesión. “Siento orgullo cuando veo el resultado de mi trabajo con las embarazadas, los lactantes y las personas de la tercera edad.
«Además estudiar y trabajar junto a Mónica, es un estímulo doble. Nosotras nos miramos y ya sabemos lo que debemos hacer en cada caso. Somos muy buenas compañeras y creo también que en lo profesional vamos a buen paso, porque ponemos amor en lo que hacemos”
La intervención de Karla ratifica el reconocimiento recibido por ambas, en el acto central de San Antonio de los Baños, por el 26 de Julio. Allí les premiaron por los resultados de trabajo desde sus respectivos consultorios.
“Eso fue algo muy bonito para nosotras. Nos llenó de satisfacción, porque ser elegidas destacadas entre tantos médicos de prestigio que tiene el Ariguanabo, nos sorprendió y a la vez nos compromete a ser mejores cada día, como mujeres, como jóvenes y como revolucionarias”, dice Mónica.
Sobre sus experiencias dentro de la profesión, Karla comenta: “Creo que para las dos, lo más notable en cinco años de trabajo como especialistas de Medicina General Integral, fue la pandemia de Covid 19. Tuvimos que enfrentar momentos duros como responsables de los centros de aislamiento en zonas rojas del municipio. Mónica en la Escuela de Arte y yo en Humboldt 7.
«Allí aprendimos de todo. Llevamos los libros a la práctica y además, enfrentamos cosas que eran nuevas para nosotras. Pero bueno, el amor a la profesión y el compromiso de salvar vidas, siempre estuvo por encima de cualquier duda, cansancio, sacrificio y tiempo sin dormir”.
Ambas asumen con mucha entrega el trabajo en consultorios. “Es un privilegio ser médico de la familia. Ello permite en primera instancia, velar por la salud de cada paciente, controlar sus enfermedades, y darle seguimiento a los diferentes programas de salud, como el materno infantil y el del adulto mayor”, explica Mónica.
Y Karla sigue: “Es un verdadero privilegio. Lo eres siempre, incluso cuando terminas el horario laboral en el consultorio. En mi caso, mis padres dicen que escogí bien la carrera, porque soy muy meticulosa con el seguimiento a mis pacientes, sobre todo a las embarazadas y los lactantes. Si me tocan a la puerta para cualquier duda, estoy disponible siempre. Soy feliz haciendo mi trabajo”.
Para finalizar, les pido un consejo para quienes deseen escoger esta profesión. Entonces ambas se miran y cual si fuera un coro ensayado responden con certeza. “Que amen lo que hacen y le dediquen todo el sacrificio posible. Como dijo José Martí: «La mejor medicina no es la que cura, sino la que precave», y eso intentamos hacer todos los días”..



