Durante veinte años, un busto de Antonio Maceo ha permanecido en la cima del Pan de Guajaibón, la mayor altura de Occidente. Su historia, sin embargo, no es la de un monumento cualquiera. Es la crónica de un empeño casi imposible, de espeleólogos convertidos en custodios de la memoria y de un símbolo que se niega a ser vencido.
Jean Robaina Sánchez habla pausado, quizás con la misma calma con que explora las cavernas. Es espeleólogo, pero desde hace veinte años su expedición más importante es hacia la cima donde él y un grupo de colegas decidieron que debía descansar, para siempre, el Titán de Bronce.
Transcurría 2005 cuando la idea prendió entre los miembros del Grupo Espeleológico Origen. ¿Por qué allí? Quien no conoce el Pan de Guajaibón no entiende la pregunta. Quien lo ha visitado, tampoco necesita respuesta. “Es un lugar extraordinario”, dice Jean, y en su voz cabe un catálogo entero de maravillas.
Los espeleólogos conocían bien la zona. Antes de 2005 ya habían trabajado allí por sus valores naturales: cuevas, sitios arqueológicos, arte rupestre, una biodiversidad de alta significación. Esa cercanía con el territorio facilitó la idea y su ejecución inicial.
“La elección del lugar no fue casual. El Pan de Guajaibón es el punto más alto de la región occidental de Cuba, con 699 metros sobre el nivel del mar. El grupo estableció un paralelo simbólico: Martí, occidental, está en el Pico Turquino, el punto más alto de Oriente. Maceo, oriental, estaría en el punto más alto de Occidente. Dos centinelas vigilando el archipiélago desde sus extremos”, agrega.
La idea fue creciendo como crecen las buenas cosas: sin aspavientos. “Se corrió la voz entre colegas espeleólogos de Pinar del Río, después de Artemisa, y de otras provincias. A todos les gustó la iniciativa. Entonces, como decimos en buen cubano, echamos la rueda a andar”, explica Robaina Sánchez.
La propuesta no inventaba los ascensos a la cumbre —ya se hacían antes, incluso en fechas conmemorativas— pero sí proponía dejar un monumento permanente.
Lo que parecía sencillo —subir, colocar el busto, honrar— resultó un laberinto burocrático. El sitio pertenece al Área Protegida de Recursos Manejados Mil Cumbres, con categoría de Elemento Natural Destacado (END).
La Región Militar, Cultura, y la Comisión de Asuntos Históricos aprobaron el proyecto. El Citma también lo hizo, pero con una condición: no podía haber acceso posterior al área.
La contradicción era evidente: un monumento al que no se puede volver carece de sentido. “La memoria no es una foto fija. La memoria es peregrinaje. El grupo realizó las acciones pertinentes con los argumentos necesarios. Finalmente, la condicionante quedó sin efecto; prevaleció la cordura. O la terquedad”, dice Jean.
“El busto se colocó. Desde entonces, ha sido restaurado en varias ocasiones. Ha recibido agresiones. No es un dato accesorio: cada agresión implicó una nueva gestión, una nueva subida, un nuevo esfuerzo del grupo base y de los colegas espeleólogos que se involucraron desde el inicio”, asevera.
El proyecto, sin embargo, no ha alcanzado la difusión que sus impulsores consideran necesaria. Daniel Suárez Rodríguez, presidente de la Unión de Historiadores (Unhic) en la provincia y miembro del proyecto, lo dice directamente: “en Cuba y en la propia Artemisa hay muchas personas que no conocen sobre el busto”.
Jean Robaina sostiene algo parecido: “a mi juicio, no se habla lo suficiente de Maceo desde las distintas aristas que su obra permite. No es un reclamo. Es una invitación. Para que nadie lo olvide. Para que no lo derriben nunca”.
Hablar del proyecto y no mencionar el poco apoyo que han recibido en estos 20 años es obviar parte de su historia. El espeleólogo conversa sobre el tema con la ecuanimidad de quien ya está adaptado a no recibir el acompañamiento que merece.
“Cada subida es un reto, y no me refiero a la complejidad del lugar. Tenemos que buscar transporte, comida, agua, y los demás insumos necesarios para realizar la escalada. Todo ese dinero sale de nuestros bolsillos y del aporte de las personas que nos acompañan. Siempre hemos estado muy desamparados respecto a la atención brindada por las autoridades”, explica Jean.
“La caída de Maceo es el acontecimiento combativo más trascendental ocurrido en tierras de Artemisa. Ese polvo sagrado, es también patrimonio de esta provincia”. Así lo explica el historiador con claridad de cronista.
La próxima vez que suban, irá más gente. Periodistas, quizás. Historiadores. Personas que nunca han pisado el Pan de Guajaibón y descubrirán que en la cima los espera un centinela mirando hacia ninguna parte y hacia todas a la vez.
Dentro de unos meses cumplirán dos décadas de la primera subida. No habrá grandes festejos. Subirán otra vez, como cada año. Allá arriba, el Titán espera. Desde las nubes, vela por Occidente. Y un puñado de hombres, mujeres, espeleólogos e historiadores le rinden honor cada diciembre.



