Josué Sandoval nació para ser pelotero. Habilidades innatas para jugar al béisbol, lo llevaron al triunfo en la época de oro del pasatiempo nacional. Jugó con La Habana e Industriales, como torpedero. Era carismático. Rápido de movimientos. Excelentes manos para jugadas electrizantes. Vista de águila en el cajón de bateo. Coraje para enfrentar los momentos difíciles de cada partido. Deseos y amor por el uniforme y la verdad como bandera en cualquier circunstancia, lo llevaron a la gloria.
Algunos le llamaban Sandokan. Otros le decían “el Chicuelo” por su baja estatura. A veces le gritaban el “loco” Sandoval. Pero todos coincidían en afirmar que era un gran jugador.
Varias veces campeón de bateo en las Series Provinciales, Nacionales y Sexagonales. Nunca lo llevaron a un equipo Cuba. La sombra de la injusticia o el fatalismo geográfico, no le permitieron brillar a la más alta esfera fuera de Cuba.
Siempre le bateó a los mejores. Juan Pérez Pérez, Aquino Abreu, Maximiliano Reyes, Modesto Verdura, Manuel Alarcón, Walfrido Ruiz y Antonio “Chuco” Rubio, fueron víctimas de sus conexiones.
Gustaba de batear en conteo. Casi siempre sobre los dos strikes. Muy pocas veces fallaba. Mucho menos por la vía del ponche. Ese fue Josué Sandoval. Luminarias de la talla de Pedro Chávez, Urbano González, Agustín Arias y Armando Capiró, compartieron los diamantes con este ariguanabense, vistiendo las franelas de la capital.
Era un verdugo con el madero en sus manos. Después del retiro, sigue amando el béisbol. Visita el estadio Julio Pérez y observa cada acción de juego. Ayuda a los nuevos en las deficiencias y comenta las buenas jugadas de cada pelotero. La pelota corre por sus venas. Para no separarse de ella, fabrica bates y los dona a los equipos de beisbol del municipio. Hablar con el resulta un privilegio. Por eso esta crónica es para enaltecer su trayectoria. Disfrútela Sandokan, o sencillamente “el Chicuelo”.



