En las últimas semanas, los pobladores del Área Protegida de Recursos Manejados Sierra del Rosario (APRM) han protagonizado una silenciosa pero efectiva cruzada ambiental: el manejo y control del caracol gigante africano (Lissachatina fulica), una de las especies exóticas invasoras más dañinas del mundo.
Yelene Hernández González, especialista del APRM, explicó que, lejos de ser espectadores pasivos, los habitantes de las comunidades del área han asumido un rol protagónico en la detección, captura y disposición final de este molusco que amenaza tanto la biodiversidad local como la salud humana.
Mientras, técnicos y especialistas del Centro de Estudios y Servicios Ambientales de Artemisa (CESAART), entidad que administra el área, han desplegado un programa de formación continua donde el verdadero centro ha sido la comunidad. En sesiones teórico-prácticas, los habitantes han aprendido a identificar la especie y diferenciarla de caracoles nativos, a reconocer su ciclo reproductivo y, sobre todo, a manipularla sin poner en riesgo su salud.
Las recomendaciones transmitidas durante estas jornadas, asegura Hernández González, son claras y precisas: “nunca tocar los caracoles con las manos descubiertas, utilizar guantes gruesos o bolsas plásticas para la recolección, y depositar los ejemplares en recipientes con sal o cal para su disposición final adecuada. También se ha hecho énfasis en la importancia de mantener limpios patios, solares y alrededores, eliminando escombros, hojarasca y residuos sólidos que sirven de refugio y alimento a la especie”.
Aseguró que “la disposición inadecuada de residuos y el crecimiento excesivo de maleza generan condiciones ideales para que el caracol se reproduzca y sea imposible controlarlo”.
Especialistas y técnicos del CESAART han dejado claro que el manejo de la plaga es una tarea que requiere constancia y participación popular. “Esta especie, explican, no se erradica, se controla”, de ahí el esfuerzo colectivo que hoy se vive en el área protegida para evitar que la plaga se expanda.
Mientras las autoridades ambientales insisten en la necesidad de notificar oportunamente la presencia del caracol y atender las indicaciones de las entidades competentes, en esta área protegida ya se vive una realidad distinta: la de una comunidad que ha hecho del manejo de esta especie invasora una tarea cotidiana.


