Un día salió de su casa sin rumbo. Era casi adolescente de edad y pensamientos. Pasó una, dos, tres, miles de noches… bajo las estrellas, incluso sin ellas. Se guarecía de su propio abandono en cualquier portal, en la terminal, el bulevar, en el sitio más oscuro de uno de los parques de Artemisa.
Su cuerpo, su ropa desdeñada y también su alma olían a cualquier cosa. Alcohólico de raíz, quizás por ser el camino más cómodo ante la fatigosa convivencia, en Matanzas.
“Y sí, comía sobras del latón de desechos más cercano. Recogía el arroz ya baboso, lo lavaba donde hallara agua. Lo volvía a cocinar con leña en un lugar improvisado, al igual que los huesos de pollo del basurero. ¡Todo me sabía a gloria!”, cuenta.
Solo 48 años de edad tiene Josué Díaz Alfonso. Hablaba de su ayer con la mirada húmeda y el rostro apenado. Andaba siempre en el bulevar artemiseño con Pedro Luis Roció Rodríguez, natural de Bayamo, en Granma, con 58 abriles vividos y una centena de historias duras de contar.
Un día, sin mucho protocolo, los subieron a una ambulancia y los acogió un lugar inédito: el campamento de vida asistida del Proyecto Social Cabildo Quisicuaba, en San Antonio de los Baños, donde ya convivían una centena más de habitantes de calle, desde su inauguración en febrero de 2023.
Segundas partes, son buenas
Y vuelves una y otra vez al bulevar de Artemisa y no verlos es aliciente para el alma. Allí, en el campamento de vida asistida de Quisicuaba, en San Antonio de los Baños, vivían a buen resguardo.
“Son útiles a sobremanera. Se levantan casi de madrugada y ayudan a tender toda la ropa lavada, más cualquier quehacer o mano lista para ayudar a sus semejantes…”, nos cuenta Yadelkis Hernández, quien es la directora del lugar, la madre de muchos, o quizás hermana o amiga.
Sin embargo, otra es la noticia al preguntar por los hermanos del bulevar. Pedro Luis sigue con su andar ligero, y sus ojos achinados haciendo cuanto precisa para enderezar sus días. ¡Y vaya que lo está logrando!
Josué volvió con su madre a donde también se siente capaz de ayudar. La mujer con marcas imborrables en su corazón vino desde Matanzas, para llevar a su hijo a donde debe y puede ser útil también, ya después que Quisicuaba tocó su lado mejor.
¡Que lo común en uno y otro hogar sea el amor! No habrá nada más fuerte que ese sentimiento que restaura almas y vocaciones, para quienes están o estuvieron de paso, en el sitio naranja de Artemisa, a 37 kilómetros de La Habana.


