La basura nos molesta a todos, y es un problema para la sociedad completa, no solo por lo que afea el entorno, sino por los inconvenientes de salud que puede generar. ¿Quién quiere vivir en un pueblo sucio, o que su esquina sea sede permanente de un vertedero? La respuesta es siempre la misma: Nadie, mas si nos autoevaluamos, encontraremos de seguro dentro de esa suciedad, algo nuestro que no manejamos debidamente.
La gestión de los desechos en una comunidad cualquiera es un asunto de vital importancia. Exige de los ciudadanos un nivel de conciencia elevado y el actuar eficiente de los encargados de la higiene comunal.
Más allá de alguna que otra excepción, en Artemisa este es un tema que requiere múltiples miradas y análisis, máxime en esta nueva etapa de crisis energética que pone a prueba nuestra capacidad de resiliencia. No puede verse este como un asunto sin prioridad, porque la basura no desaparece por si sola; todo lo contrario, con darle la espalda un solo minuto, crece con proporciones descomunales.
Ahora que el combustible escasea y los ciclos de recogida se alargan, hay que tomar muy bien de la mano la planificación, y hacer que la población sea parte activa. Con los recursos locales, vehículos eléctricos y de tracción animal, se puede organizar la recogida, pero es fundamental que los vecinos sepan la hora a la que se recogerán los desechos y el lugar más apropiado para depositarlos.
Es tiempo de que se exija a los actores no estatales contratos con Materias Primas y con Comunales para gestionar sus desechos y que aquellos como el cartón y el aluminio encuentren una segunda oportunidad mediante el reciclaje. Resulta inaceptable que un negocio obtenga ganancias a costa de contaminar el entorno.
Desde cada centro de trabajo hay que mirar también hacia las áreas externas, y ocuparse de su limpieza.
Y promover desde los gobiernos locales la presentación de proyectos de gestión eficiente de desechos sólidos, donde la ciencia y la inteligencia colectiva se unan por la solución de un problema que nos afecta a todos.
Urge que los delegados del Poder Popular, más ahora que están liberados de sus funciones administrativas para dedicarse por entero a las necesidades del barrio, tomen esta tarea de la mano, y convoquen a los vecinos a labores de higiene, un empeño en el que deben sumarse también las entidades estatales y privadas, pues todos formamos parte de una comunidad y queremos verla limpia.
Desde la escuela también hay que revisar los hábitos que les inculcamos a los niños, e involucrarlos también en acciones de saneamiento. Si la escuela no se proyecta en función de formar seres incompatibles con la suciedad, crecerán viéndola como algo normal. No puede pasar, como ha sido reflejado en estas mismas páginas, que exista un vertedero al lado de un centro escolar.
Reza un viejo refrán que limpio no es quien más limpia, sino quien no ensucia, y hacia ahí debemos enfilarnos como sociedad, porque si miramos dentro de la basura, encontraremos mucho material reciclable, cosas que, en las manos correctas, pueden transformarse en la tan útil “madera” plástica, o en artículos necesarios como escobas, haraganes y otros tantos.
Son tiempos de ver también en lo que desechamos una oportunidad de desarrollo. Si países industrializados lo hacen, nosotros no podemos darnos el lujo de desperdiciar materias primas valiosas. Estaríamos apostando no solo a la economía del país, sino también al bienestar ecológico.
Mirar hoy a nuestro alrededor, aprovechar esos días de la defensa también para defendernos de ese mal interno que es la basura y dejar limpios los alrededores de nuestros centros de trabajo, estudio o residencia, es una forma también de ponerle corazón a esta Cuba que precisa de todos para seguir siendo una isla hermosa.


