Un mensaje de ella por WhatsApp un domingo antes de almorzar me era familiar. Solicitarme dinero en trasferencia para devolver en efectivo, se convertía casi en un regalo. ¿Entonces? Sin mediar reparo ni segundos me autentiqué en Transfermóvil. El primer envío fue un éxito. ¡Sí, el segundo también!
¿Cuánto de cola me quitaba de encima al extraer la moneda nacional de la tarjeta magnética, en el único cajero automático que funciona en el municipio de Artemisa?
Me ahorraba el tiempo de localizar qué unidad tuviera caja extra, y el desesperante hecho de casi “suplicar” en negocios privados, el uso de pasarelas de pago, para adquirir cualquier producto.
“¿Me enviaste el mensaje de la transacción? No me llega, envía por acá”. Continuaba el diálogo en WhatsApp con ella. Pero no era ella, le habían hackeado su cuenta. Y yo había sido estafada.
Sin dudas caí en la trampa de quien escribe “catura de pantalla” y “no me yega el mesaje”, pero con habilidades histriónicas para burlar a otros en el canal de comunicación favorito en nuestro país.
Estar en contacto con amigos, familiares, en el contexto laboral, pasaba a ser un resbaloso escenario, en el cual caes, si el estafador te encuentra tan confiada, como a mí ese domingo.
Supimos que había sido una estafa cerca de dos horas después. Ella, la real, se comunicó por el teléfono fijo para contarnos cuántos de sus contactos accedimos a transferirle.
Desde ese día, damos seguimiento a una denuncia formulada en la PNR local, alertamos, y descubrimos que, es más regla que excepción, ese nuevo parásito, el ciberestafador.
Ciertamente merece investigación coherente y sistemática. Constan números telefónicos, cuentas de tarjetas magnéticas de ambas sucursales de banco, y experiencias del modus operandi.
El engaño pasa por contestar una llamada en WhatsApp y acceder a la solicitud de instalar el GPS, ante cualquier excusa. Quien asiente pierde el control de su cuenta, la deja, inconscientemente, en manos de un ciberestafador. También, captan la atención con una proposición asequible en un grupo de compra venta.
Otros han timado a familiares en el extranjero, incluso haciéndose pasar por un pariente. Delito doble al suplantar la identidad.
La cadena trazada estafa sin mesura. Sumemos voluntades para halarla hasta partirla, así sea por el eslabón más débil.



