-¡Mi abuela todavía cose con 100 años! Me dijo un lector del semanario, de camino hacia la casa de la ancianita. Apenas podía creerlo. Iba a entrevistar a una de las artemiseñas más longevas y tenía mis reservas sobre su estado mental.
No todos los afortunados de arribar a tan venerable edad pueden presumir de lucidez, buen humor y una nutrida familia, donde no falte ni uno de sus miembros.
Basilia León Hernández había cumplido su centenario el mismo día en el cual la provincia de Artemisa soplaba 15 velitas. Para festejarla, un joven intérprete de música regional mexicana, vestido de mariachi, le había cantado las mañanitas el día 10, justo luego de hacer llorar a esta reportera en su onomástico.
Y la feliz coincidencia nos volvió a unir días después, cuando conversé con esta mujer guerrera, simpática, muy presumida a su edad, con uñas pintadas y afable sonrisa. Basilia celebró el día de su santo como le gusta: rodeada de sus ocho hijos, nietos y bisnietos. Es la única sobreviviente de once hermanos, naturales de Bahía Honda. Nunca acudió a una consulta u hospital en calidad de paciente: dio a luz a todos sus descendientes en el hogar, con asistencia de parteras.
“Los crie en el campo, trabajando en lo que apareciera. Pedro Rivero, mi esposo, pescaba ranas toro, y con el dinerito que hacía manteníamos a los niños.
“Cuando me recuperé del último parto y los mayores habían crecido un poco, empecé a ayudarlo a sembrar, guataquear, ordeñar vacas, enyugar bueyes, halar pipas de agua… Tenía una fuerza increíble. Acarreaba leña del monte para cocinar y hervir ropa”, recuerda.
“Nunca tuve miedo de ninguna labor. Acompañaba a los desmochadores de palmiche. Sostenía una sondaleza, que era una especie de soga, con la cual se bajaban los racimos del alimento para animales”.
La firmeza la distingue, por eso nunca ha dejado de velar por los suyos. Ya en la tercera edad, cuando a su esposo le amputaron una pierna a causa de la diabetes, Basilia lo ayudaba a trasladarse hasta la cama. “Estaba vieja por fuera y joven por dentro”, dice con picardía.
Historias de sacrificios y escaseces se tejieron en su niñez y juventud, durante las cuales no conoció fiestas o lujos, solo las obligaciones del hogar y el desafío de conducir a la familia.
“Lo importante es tener salud”, asegura. Y aunque apenas escucha bien y ve poco, lo cual no le impide aferrarse con frecuencia a la máquina de coser para remendar o componer pantalones de hombre, Basilia conserva el buen tino para la improvisación, el alma de los guateques guajiros:
Yo te pinto a ti La Habana,/ y otra cualquier población,/ y pinto mi corazón,/con la bandera cubana./ Y te pinto, Feliciana,/ un sinsonte prisionero,/también te pinto un arriero,/ con pluma de pavo real,/ y no he podido pintar,/mi vida, lo que te quiero. Yo te pinto un tomeguín,/ con un centén en el pico/ y te pinto un zarapico,/ tocando un bello clarín./Y te pinto un figurín,/de esos del centro habanero,/ y te pinto el mundo entero,/hasta el modo de caminar,/y no he podido pintar,/mi vida, lo que te quiero.
Firmes la noche y el día,/ firmes, la luna y el Sol,/ pero es más firme el amor,/ que conserva el alma mía./ Firme es lo que te decía,/ con mis palabras sinceras,/ firme soy a donde quiera,/ y firme cumplo los castigos,/ y firme seré contigo,/ hasta el día que me muera.

