Si las liras del ilustre poeta proclaman: (…) «Hay sangre de Artemisa brillando en la bandera» luego de enero de 1959, nosotros, herederos de los hijos más cabales de la Villa Roja, hemos de celebrar la trascendencia de un suceso cumbre para nuestra estirpe y valor.
Cuba entera puede estremecerse cada Primero de Enero y Artemisa no podrá olvidar la gloria de hace 67 años, la realización del sueño de sus muchachos, quienes partieron de aquí hacia todos los peligros y batallas por una República posible de cubanos dados a la dignidad.
Porque a ella, a la victoria, al cambio necesario, se aferraron las familias artemiseñas y cubanas que no vieron a los suyos regresar y celebrar como también merecían.
La Matilde, Artemisa y tantos sitios, fueron cuna de protagonistas, héroes genuinos de una historia con final feliz aquel enero. Euforia, esperanzas, abrazos, palomas, hombres aclamados por la hazaña; eran esencia en las estampas de aquellos días que muchos sobre esta tierra vivieron, para contarnos a las generaciones más jóvenes.
Y hay imágenes que lo relatan tan nítido, más que toda palabra pueda decir ahora, sobre el ayer o sobre el hoy, vinculados uno al otro en el umbral de lo que somos.
No se puede vivir sobre pasadas glorias, pero saber y preservar con orgullo el recuerdo y lo tangible aún, de lo sublime que logramos, dice de un pueblo capaz de guiar su rumbo con inteligencia, en tanto tenga claro la utilidad de la virtud empeñada en ello.
Alcanzar indicadores de bienestar y justicia, como innegablemente aconteció después de enero del 59, hacerlo bajo tantas presiones, constituye un punto a donde regresar siempre la mirada. Desmemoriarnos de la verdad no puede ser más fuerte que el sentido común en una lucha que jamás ha culminado.
Leímos, decimos y escuchamos de uno u otro modo, que «los cubanos tenemos un pacto irrenunciable con la alegría». Si eso nos define, nos motiva y nos sostiene, es también porque el efecto de estos años de Revolución ha moldeado, casi siempre para bien, el espíritu y la calidad de ser humano que aquí abunda.
Paternalistas sí, solidarios sí, agradecidos sí, apasionados sí, soñadores sí, empáticos sí, justos sí, desprendidos y familiares a niveles isospechados, madres y padres únicos en el mundo, intensos en el amar, en el vivir, en el sentirlo todo; así somos y la historia de Cuba nos llevó hasta aquí.
Todo cuanto nos hace exactamente como somos, tiene una dosis de realidad, puesta a tinta sobre el camino andado, la épica venida al presente y hecha nación, tras el rugir de varios siglos en la resiliencia de los nuestros. Y no sé qué sería sin eso que somos. Tampoco tú te negarás jamás a la cubanía.
Celebremos hoy a la Cuba rebelde, auténtica, nuestra y de nadie más, o sí (de quienes también la aman y la honran sinceramente cual nativos de su suelo), con la alegría que nos desborda el carácter y el deseo de apagar en las entrañas cuanto dolor existe y precisamos cambiar.
La obra no es ni perfecta ni fácil de llevar, cuesta demasiados sacrificios, costó en el pasado sangre también de Artemisa.
Hagamos hoy algo bueno en nombre de ella cada día, que el arraigo por este archipiélago cuente y siga, que nos anime y convide a mejorar. Comunión para que ¡Viva Cuba! Siempre.

